Suseia (Camino de Santiago 2) XI
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XI

Toda Compostela estaba allí. Incluso los limosneros, incluso los amigos de lo ajeno, con una cuchilla entre los dedos, atentos a bolsas descuidadas.

Y también Hidacio, al que todos conocían, del que muchos cuchicheaban, al que pocos dispensaban misericordia.

Hidacio caminaba a trompicones, bajo un alboroto de guedejas que tenían algo de cresta y le regalaban aire de gallo, desplumado y cacareando.

Miraba a las alturas y hablaba con las gárgolas, allá en las cornisas.

Algunos decían que enloqueciera, otros que el demonio le había robado el seso para cobrar un pecado.

Toda Compostela estaba allí.

Los limosneros por si caía alguna moneda, los cortabolsas porque apremiaba el negocio, Hidacio porque vivía convencido de que la gárgola, una bestia medio mujer medio sierpe, lo vigilaba, que incluso lo buscaba por las noches. Se la tenía jurada.

Toda Compostela estaba allí y toda Compostela, menos Hidacio, prestaba atención al rey.

El asturiano rezaba una avemaría tras otra, no por Mateo, a quien había señalado su esposa cuando el oficial llegó hasta la comitiva real, sino por miedo a que les faltase el pan. Como los borgoñones, el vizcaíno, Malaquías y el mismo Sinsombra que, aun escuálido como era, comía de tanto en tanto.

Juanillo no podía dejar de rascarse. Aquella camisola picaba horrores.

Y Gundisalvo, con el ceño fruncido como una rama rota. Hubiera dado los años que le quedaban por saber qué se habían dicho el arzobispo y Mateo.

Al mirar a su oficial, el xebo no vio a aquel muchacho escuchimizado que pidiera limosna a maese Remigio, tampoco al cantero aplastado por Verrondo. Gundisalvo encontró motivos para blasfemar, y sonreír.