Suseia (Camino de Santiago 2) X
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Era mayordomo, mayordomo real, y respondía al nombre de Armengol de Urgel. Y parecía una cuerda mojada, tensa entre dos pinzas. Daba la sensación de que iba a caer al suelo hecho un guiñapo.

Hasta que se le miraba a los ojos.

Como hacía en ese instante el arzobispo.

—Vos le convencisteis —dijo el mayordomo señalando al rey con discreción—, si le fallas, no vos lo perdonará.

Y, tras una pausa, añadió:

—Y nos tampoco.

Suero no se amilanó.

—Hablas con el arzobispo de Compostela...

Armengol, que había tenido que apañárselas con una magra herencia, que había aguantado un cargo que tropezaba más que un cojo borracho, que ahora presumía de importantes tenencias en la Extremadura leonesa, podía parecer flojo, pero no lo era.

Sus ojos relampaguearon como un puñal abandonando la funda.

—También llevaba mitra Peláez. Y Gelmírez...

Armengol hizo una pausa preñada de intenciones, inclinó aquel rostro macilento, del color de las tripas de pescado, y continuó:

—Y, si nos recordamos bien, a la mitra de Gelmírez le faltó un bledo para acabar en la hoguera, dos veces —recalcó, con su voz, rasposa y agria, y con los dos dedos que alzó.

Los dedos del mayordomo, con sendos anillos, eran huesudos y lúgubres, como recién sacados de una tumba.

—Ha sido un contratiempo —zanjó el arzobispo—. Y está solucionado.

El noble rumió aquello como si le supiera amargo.

—Carece de títulos o de experiencia, es un paria —adujo el mayordomo bajando aquellos dedos cadavéricos—. Y la triste historia de su padre nos es conocida. Nos opinamos que no es el adecuado para la tarea.

—Es el mejor de todos —aseguró el arzobispo con cara de ángelus—, su padre también era excepcional.

El toma y daca podría haber seguido. No se tenían aprecio aquellos dos. Y lo que había pasado no ayudaba, pero, en ese instante, el rey hizo que la multitud enloqueciera.

—Eses porcos portugueses acabarán cos fuciños no chan.

Los vítores fueron atronadores. Tanto que Suero se encogió, como en un derrumbe y, con el gesto, descubrió entre la multitud lo que había estado esperando.

—Alabado sea el Señor —murmuró.

Por fin llegaba su capitán.

El Cuatrohostias tiraba de Mateo igual que un pastor arrastrando a un carnero rebelde. Y los dos avanzaban hacia la comitiva real, acomodada en la que algún día sería la nave principal de la catedral.

Suero se puso en marcha, hacia ellos, pero el mayordomo lo detuvo con una mano en el hombro.

—Vos cumplid lo prometido —gritó el mayordomo.

Se jugaba el puesto, podía ser que hasta el cuello. Pero Suero asintió, y salió al encuentro del cantero y su capitán.

En cuanto los alcanzó, Mateó empezó a hablar, de corrido, con tanta prisa que las palabras se apelotonaban unas encima de otras. Sin embargo, tras un último reojo al mayordomo, el arzobispo lo mandó callar.

Y le dijo lo único que importaba.

—Hijo, tú no pises donde pisó tu padre...

Sólo entonces Mateo comprendió lo que sucedía. Vio la luz. Una chispa en la oscuridad. Y su corazón se rebeló contra la razón. Incapaz de creer.

—¿Es cierto? —preguntó Mateo.

Suero asintió con gravedad. Pero no había tiempo para explicaciones.