VIII
Al pie de las obras de la catedral, como juglares en un estrado, la comitiva real, buena parte del cabildo y los músicos.
Bajo ellos, más allá del socavón que amputaba la catedral, en la explanada de la Trinidad, una muchedumbre temblorosa.
El rey hablaba y, con disimulo, le hacía muecas al arzobispo por haberse retrasado.
—Muchos de vosotros me comprenderéis —tronaba la voz de las Coronas de León y Galicia—, a veces las suegras son insufribles...
La multitud se reía y el rey Fernando, complacido, continuaba hablando de la guerra como si fuera un tropiezo.
Era uno de esos hombres que hacen saltar la sonrisa, tenía el aire pícaro de un ratero y la envoltura de un toro salvaje.
Grande, de melena leonina, barba recia. Y una chispa tras los ojos, del color de las avellanas, que aseguraba, al primer vistazo, que también sabía tomarse las cosas en serio. Aunque sólo cuando hacía falta.
—... A mí la suegra me da bien de comer, ¡no hay queja!
—exclamó palmeándose la barriga con rostro satisfecho—, pero me temo...
Y yo no quería, tengo otros asuntos que atender —guiñó un ojo hacia la explanada con gesto cómplice, tenía aires de prestidigitador, todo el mundo le prestaba atención—.
Me temo que me toca darle una patada en el culo a mi suegro.
Tenía algo de trovador, y de cuentacuentos, toda la explanada tenía los ojos clavados en el segundo de los Fernandos.
Vestido con gambesón y cota, con capa de terciopelo, y una túnica donde se repetía, una y otra vez, en vivos colores, el símbolo de su reino, un león pasante de grandes colmillos y fuertes zarpas.
—¡Le daremos una lección! —gritó de pronto—. ¡Se tragará las muelas! Él y toda su cochambrosa panda de portugueses.
La ovación creció y el rey, como un velero aprovechando una ola, se montó en ella para rugir aún más alto.
—Y luego le quitaremos Badajoz a los moros...
Fue un clamor, como si la explanada hirviese.
—... Antes de que se les ocurra a esos perros castellanos.
Y, entusiasmada, Compostela abucheó con tanta fuerza que los más pequeños, a hombros de sus padres, se taparon los oídos.
Y si no estaban convencidos de que podían confiar en él, se convencieron en cuanto les habló en el gallego que había aprendido de niño.
—Eses porcos portugueses acabarán cos fuciños no chan.
La explanada entera estalló en vítores. Y, probablemente, nadie se dio cuenta de que el rey, justo al terminar la frase, descargaba una significativa mirada en el grupo de nobles.
Quizá los únicos que se dieron cuenta fueron el señor de Vimianzo, el de Pambre y el que recibió la mirada, el conde de Traba.
Para entonces, Ruy y Mateo ya habían atravesado el hueco que aún quedaba sin construir de la nave central, sorteaban a los músicos del cabildo y se acercaban a la comitiva real. El arzobispo, junto a los hombres de confianza del rey, les hacía señas para que apurasen.