VII
En la primera planta del palacio, delante de una jofaina, vistiéndose una camisola que le quedaba grande, prestada por el propio Ruy entre gruñidos, fue entonces cuando se acordó.
Los perros ladraban.
Desnudo de cintura para arriba. Se secaba con un trapo basto. El agua en la jofaina todavía se agitaba.
Los perros ladraban.
—Se lo dirás y saldrás de los establos.
El anciano y el joven. Acab y Acaz.
Los perros ladraban.
—¡Vamos! ¡¡Acaba de una puta vez!!
Ruy lo sacó de la habitación antes de que terminara de vestirse.
—¿Qué pasa? Onde me levas?