VI
Suero no era hombre que repitiese sus palabras. Y sabía que tenía poco tiempo, sólo el que le regalase el frade Zonio con sus instrumentos.
Pero el alboroto que llegó de la Trinidad ahogó sus palabras y, con un mohín que arrugó su hoyuelo, tuvo que insistir.
—Has sido tú...
Mateo sopló los cabellos que le caían por la frente. Y refrenó la acuciante sensación de palmearse la nuca donde, de pronto, sentía pequeñas garras. Como si una rata trepase por allí.
Creció el barullo de la gente. Se oyeron dos compases en las cuerdas de una vihuela. Empezó la música. Y a Mateo le pareció que celebraban. Le pareció que iban a lincharlo. Allí fuera, en la explanada, aguardaba una muchedumbre ansiosa.
Tenía que responder. El arzobispo esperaba. Pero no recordaba. No sabía. Creía que no. Estaba seguro de que no.
Y si enloquecía. Como su padre.
—No, no esgaché al maestro Verrondo yo.
—Tenías el motivo —tascó el arzobispo.
Mateo logró refrenarse, no dio un paso atrás. Y fijó sus ojos, uno de cada color, en el arzobispo. Con esperanza.
—Te robó tu idea —insistió Suero—. Dijo que era suya...
Ahora no pudo evitarlo, ahora Mateo dio un paso atrás, hasta meter uno de los pies en un montón de paja en el que aún flotaban los restos del vómito del último borracho que había pasado la noche allí.
Y le pareció oír de nuevo aquella condenada melodía del organistro. Dejó de respirar hasta comprender que era fuera, en la explanada, donde sonaba la música.
—Ha sido este mierdas —rugió el Cuatrohostias.
Y desenfundó la misma daga que había usado para forzar la puerta de Verrondo.
—¡Hay que colgarlo! ¡¡Por los cojones!! ¡¡¡Y despellejarlo!!!
El arzobispo, resignado, cerró los ojos.
—Por supuesto, lo colgaremos, hoy mismo...
Suero ni siquiera se había girado hacia su capitán. Y Ruy Ansúrez captó el desprecio, aquel gurruño que tenía por oreja se pintó de grana.
Empezó a hablar, balbuceó algo incomprensible y se le iluminaron los ojos.
—¡Mañana! ¡Cagüen en el ayuno de los moros! ¡Me cago en el calendario! ¡¡Mañana!! En cuanto el rey se haya largado con viento fresco...
El arzobispo se pasó por el rostro aquella mano que parecía de un estibador de puerto.
—Lo primero, Ruy, vigila esa boca. No quiero blasfemias —ordenó—. Y lo segundo...
El arzobispo le dio la espalda a Mateo, sin temor alguno, y miró hacia su capitán. Hizo un gesto con la mano, y Ruy comprendió.
—¡Me cago en la puta que os parió a los dos! —bramó el Cuatrohostias—. ¿No tenéis algo que hacer en el quinto coño...? A ver si hay suerte, os encuentra el demonio y os muele a palos.
Los dos guardias salieron de inmediato, espantados como gallinas.
Afuera, en la explanada, la música crecía. Trepaba hacia los cielos. Se oían palmadas y silbidos.
El arzobispo terminó por asentir para sí. Como si acabase de tomar una decisión sobre un asunto peliagudo. E hizo una de las pocas preguntas de toda su vida que no fue dedicada al Señor en los Cielos.
—El apóstol —girándose hacia el cantero—, ¿lo has hecho tú?
Mateo tampoco supo qué contestar.
Y el arzobispo se inclinó hacia delante. En sus ojos había una urgencia que Mateo no había visto nunca antes en aquel hombre.
—Dime, hijo, ¿has sido tú?
La pregunta bordeaba algo espinoso. Mateo tuvo la sensación de que Suero esperaba que dijera que sí.
Una ovación sacudió la explanada y su ola llegó hasta los establos. Los músicos habían terminado la primera pieza. Pronto el rey se dirigiría a su pueblo.
—Se nos acaba el tiempo.
Se esforzó por no palmearse el cuello, por no soplar los cabellos que le caían sobre el rostro.
—El home sabio no construirá su casa sobre arena.
El hoyuelo del arzobispo tembló un momento.
—¡Este cabronazo ha perdido el norte! ¡¡Como su padre!!
La mano del arzobispo mandó callar a su capitán. Y Mateo continuó.
—Pódese facer. Se puede hacer. Tres alturas al occidente. Dos al oriente. Sí, fue idea mía.
—¡Miente! —saltó de nuevo Ruy Ansúrez—. ¿Qué cojones va a saber él? Miente más que el diablo mismo.
Y su oreja tenía el color de vino viejo de Mencía. No había vuelto a desenfundar, pero tenía la mano lista, sobre la empuñadura.
—El apóstol lo murié yo —aseguró Mateo con palabras que ardían—. Y cuando esté acabado será aún mejor —con los ojos clavados en el arzobispo—. Pódese facer.
Le había faltado el valor en la tienda de Verrondo, ahora le sobraba convicción.
—Puedo hacerlo yo —rotundo.
Mateo habló con la firmeza de sus cinceles. Y sus ojos, uno de cada color, parecían tallados en piedra. No podía saber que aquéllas eran las mismas palabras que había pronunciado su padre.
Suero se mordió el labio inferior antes de hablar:
—Fuiste tú el que dijo lo de doña Berenguela y el conde Raimundo...
Mateo asintió. Asintió y dejó el mentón arriba, con orgullo. Mateo asintió, y el arzobispo siguió hablando:
—... Y los borgoñones. Y San Dionisio. Fuiste tú.
—Podo facelo. La idea es mía.
Parecía capaz de echarse a andar sobre las aguas.
Era el hijo de Arrio. Era el muchacho del que se había apiadado el viejo Remigio. Pero era un hombre distinto. Y ninguno de los dos podía saber cuánto se parecía Mateo a su padre. Allí, en ese momento, padre e hijo eran iguales.
Afuera, en la explanada tronó una ovación cargada de aplausos. Un rugido que sintieron incluso en los pies. El rey le habría dicho al frade Zonio que se dejara de músicas.
El arzobispo asintió.
—Más te vale hijo, más te vale.
Se giró entonces y miró a su capitán.
—¡Dale algo de ropa limpia y que se adecente!