Suseia (Camino de Santiago 2) V
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Los pregones los leía Ruy Ansúrez cuando estaba de humor y, si no, encontraba quien lo hiciera, y se voceaban en la plaza del Preguntoiro.

Pero la catedral, aun sin terminar, era la joya de Compostela y su nave principal, aun abierta hacia el occidente, era el marco ideal para las grandes recepciones.

En una suave loma, como una actriz en un estrado, se elevaba sobre el socavón y la explanada que mediaban hasta las murallas y la Puerta de la Trinidad.

La famosa Puerta de la Trinidad. Por donde caía el cementerio de peregrinos, una capilla, y el enorme palomar que había hecho construir el obispo Gelmírez.

Donde caían las picotas que se encargaban de quienes visitaban los establos del obispo.

Donde comenzaba el camino hacia Finisterre y donde, según contaban los viejos, en tiempos, había tenido Compostela un enorme pomar del que se hacía excelente sidra.

Y en aquella explanada de la Trinidad esperaban los nobles, los mercaderes, los peregrinos, los frades. Allí esperaba toda Compostela.

Estaban hasta los músicos del cabildo, los que tocaban en las liturgias y misas. Afinaban sus instrumentos a toda prisa.

—Entretenlos —había ordenado el arzobispo.

Y el frade Zonio de Antealtares, el responsable de los salterios, arpas, laudes y vihuelas, había protestado.

—Eminencia —había dicho cohibido—, no cuestionaría jamás vuestro bendito juicio, pero ¿estáis seguro?

Suero había asentido rotundo, con aquel hoyuelo suyo. Y el frade había sido franco.

—Puede que le disguste... Al contrario que otros antes que él. Nunca ha mostrado predilección por la música.

Ambos sabían de quién hablaba, y el hoyuelo del arzobispo había trazado un arco de nuevo. Uno solo, como si por mucho negar acumulase penitencia.

—Necesito tiempo —había reconocido Suero—, ¡entretenlos!

Y los músicos se preparaban para hacerlo. Hasta que entraron corriendo en la explanada un chiquillo y sus gritos, y toda la muchedumbre se agitó como la copa de un árbol con una ráfaga de viento.

El chiquillo, con un gorro de cuero y dos libras de estiércol pegado a la cara, los brazos y el mandilón, no tenía nada de extraordinario. Era bizco y se ganaba la vida recogiendo los cagajones de caballo que salpicaban las calles.

Si acaso, si se ponía atención, podía advertirse que, como muchos otros en la ciudad, llevaba retraso con las comidas.

No, el crío no tenía nada excepcional, y no fue el crío lo que alborotó a la muchedumbre. Fueron sus gritos.

—¡Ya viene!

Tropezó, a punto estuvo de dejarse las narices en un cagajón que no había recogido. Pero recobró el equilibrio, braceando como un pajarillo, y siguió corriendo.

—¡Viene!

A nadie le hacían falta explicaciones. Aunque el crío, emocionado, las dio.

—¡Viene el rey!