Suseia (Camino de Santiago 2) IV
23%

IV

Arrio. Así se llamaba su padre.

Arrio era el nombre que había gritado, hasta quebrarse la voz, aquella pescadera.

Arrio se había formado allí mismo, en los talleres. Había aprendido con un discípulo del legendario Bernardo el Joven. Y pronto, muy pronto, había destacado.

—Pouco que rixar.

Eso le había dicho maese Remigio, la única vez que Mateo había reunido el valor para preguntar.

Y en boca de maese Remigio, capaz de encontrarle defectos a la santísima Virgen, aquello sonó extraño. Nunca, ni antes ni después, ni siquiera cuando las cataratas galopantes hicieron niebla de sus ojos, Mateo volvió a escuchar al nervudo maestro afirmando que una pieza no necesitaba corregirse.

Mateo sólo había visto una de las piedras de su padre. Un canecillo.

Sólo una.

Habría más repartidas por la catedral. Tenía que haberlas. Pero ya nadie sabía señalarlas. O, si lo sabía, no quería hacerlo. La historia de Arrio era como la lepra. Nadie quería tenerla cerca.

—Demenció. No podía hacerse. Non podía.

Eso le había dicho Remigio, entre gruñidos.

—No, no podía hacerse. Demenció.

Ni siquiera había visto, ni una sola vez, a su padre borracho. Menos aún loco.

—Demenció. Enloqueció. Era imposible.

Dos años después lo había repetido Remigio, cuando trabajaban por primera vez con puntero fino, hablando de cómo tallar los ojos para darles expresión.

Y Mateo no podía entenderlo. No quería creerlo.

Ni siquiera cuando el viejo Remigio le dio aquel cuero aceitado. Ni siquiera cuando le explicó que Arrio había desoído a todos los arxinas.

—Le dijimos —recordó maese Remigio con angustia—.

Todos le advertimos. ¡Todos! Pero nunca hacía caso.

Numqua. Ni al obispo, ni siquiera al episcopo.

Decía que la catedral no era del obispo, ni del papa —sacudiendo el mentón, rechupando un trozo de tiza—.

Ni del rey. Ruxía que la catedral era de Compostela, de las gentes, ¡del pueblo... !

Le dio aquel cuero aceitado. Que contenía su pasado.

—No nos hizo caso... Estaba convencido —insistió Remigio—. Levounos con il.

Y después, mirando a todos lados, como si no quisiera decirlo en voz alta, como si lo hiciera porque no le quedaba otro remedio.

—Cousa do demo.

Allí, en las tierras del fin del mundo, las que aún conservaban viejas costumbres, donde las mujeres prendían plumas en los cabellos, donde los humilladeros recibían piedras de los caminantes, donde, para Todos los Santos, los chicuelos pedían pan, vino y dulces por las casas, allí, el demo,

el demonio, servía para explicar lo inexplicable.

Aquel día, Mateo lo recordaría siempre, comprendió que maese Remigio cargaba con sus propios arrepentimientos.

—Le creímos. Nos arrastró... Levounos con il.

Le dio aquel trapo aceitado. Con un añico de su pasado. Y lo repitió una última vez, antes de marchar a la taberna del Rano, para emborrachar la culpa.

—Demenció.

Loco. Enloquecido.

Y, de pronto, ahora, Mateo sintió que el vello se le erizaba, que un bicho caminaba por su nuca. Y dio una palmada. Y luego en una pierna. Y en una mejilla.

Y las palmadas dejaron ecos siniestros en aquel pesebre para mulas.

Loco.

—Itoiz, no puede ser —murmuró para sí.

Aunque no importaba lo que Mateo creyese. Arrio había matado a dieciocho. A diecinueve. Había traído la vergüenza a los arxinas de Compostela.

Y un terrible escalofrío estuvo a punto de partir los tendones del cuello de Mateo. Encerrado en aquel miserable calabozo que aún apestaba a estiércol viejo. A estiércol de mula.

Y si también se estaba volviendo loco. Y si le sucedía lo que a su padre.

Tuvo que darse una palmada más, en el hombro. Soplarse el flequillo.

Tenía la cabeza llena de preguntas y las tripas llenas de nudos.

Entonces los guardias al otro lado de las rejas se tensaron como arcos, y llegaron pasos con el tintineo de las cotas de malla.