Suseia (Camino de Santiago 2) III
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III

En tiempos de Gelmírez, el ejército del obispo hubiera sido capaz de enfrentarse a toda Castilla, incluso a una alianza entre Castilla y Portugal. En aquellos días, el obispado de Compostela contaba incluso con dos galeras amarradas en las Torres del Oeste.

Y de aquellos días de gloria sobrevivían los estupendos establos que Gelmírez había construido para su guardia personal, en un lateral del patio de su flamante palacio.

Ahora, una parte de aquellos establos se habían reconvertido en calabozos para borrachos, pendencieros y delincuentes.

En uno de ellos, en el más pequeño, que habría servido para una mula, había encerrado el Cuatrohostias al cantero.

—Si lo perdéis de vista —les había advertido a los soldados que dejó de guardia—, os embadurno los huevos en manteca y os encierro en los caniles cuando los perros lleven una semana sin comer.

Eso había sido antes de tercia. Cuando la explanada de la Trinidad aún no se había llenado de nervios y ansiedad.

Y ya pasaba de mediodía.

Mateo estaba convencido de que acabaría colgando de una soga, como su padre.

Y, a cien pasos de distancia, en la explanada de la Trinidad, después de haber sido interrogado, Gundisalvo le hubiera dado la razón a su oficial.

Le esperaba la horca.