II
Al pobre Juanillo, la mujer del asturiano le había prestado una camisola nueva, y le picaba tanto que no podía dejar de rascarse, porque era de humilde cáñamo y tenía nudos.
Al menos abrigaba. Lo malo era que, con tanto rascarse se le alborotaba el pelo que tanto había repeinado en la Fuente del Paraíso.
—¡La Virgen! ¿Cuánto falta?
Gundisalvo no se molestó en contestar, le dio un coscorrón al chico y le dijo que callase de una condenada vez.
Ya le había repetido mil veces que no sabía lo que sucedía, que no sabía cuándo terminaría y que no tenía idea de dónde estaba Mateo.
Lo único que sabía era que, después de que se llevaran a su oficial, mientras adecentaban los talleres, empezó a pasar gente, a caballo, a pie, en carros. Con prisa y con preguntas.
Y poco después otro de los soldados del arzobispo había llegado a todo correr para ordenarles que se preparasen, que el rey Fernando, rey de Galicia y de León, valedor de la cristiandad, estaba a punto de llegar a Compostela.
El rey.
No fue pánico, pero le faltó poco.
Había que causar buena impresión. Y, de no haber estado tan ocupado, quizás el xebo hubiera sacado algo en claro de lo que sucedió después. Sin embargo, cuando planeaba acercarse y escuchar a hurtadillas, las poleas de una de las grúas se trabaron con un sillar a diez varas de altura.
Gundisalvo tuvo que echar mano de todos sus juramentos, no podían dejar aquel sillar así, a riesgo de convertir la corona en chatarra.
Sólo pudo mirar, desde lejos, mientras atendía a que nadie se desgraciase.
Llegó aquel cabrón con pintas del Cuatrohostias, con el arzobispo seguido por su rebaño de canónigos alborotados, todos con las mejillas sonrosadas y recién afeitadas.
Se acercaron a toda prisa al puesto de Mateo y allí el capitán empezó a señalar.
Más que explicarse, cortaba leña.
No le gustó a Gundisalvo que husmearan. Y menos le gustó ver que, tras abandonar la talla del apóstol, se volvieran hacia donde él estaba, bajo el lío de sogas y poleas.