Suseia (Camino de Santiago 2) Mentiras y picores
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Mentiras y picores

I

Cincuenta años antes, mientras Compostela ardía, el bisabuelo del conde de Traba, pese a estar metido en el ajo para despistarle la corona a la reina Urraca y birlarle el anillo al obispo Gelmírez, se las había apañado para escurrir el bulto.

Los poderosos tienen algo de tentetiesos.

Tras el fiasco, que lo revolvió todo para dejarlo como estaba, la casa de Traba compró solares cubiertos de cenizas y vendió casas recién construidas.

Los poderosos tienen algo de garrapatas.

La casa de Traba había salido de aquel sindiós de pie, y con los bolsillos cargados. Tanto que el bisnieto, Gómez, además de conde era tenente en Aranga, Monterroso, Valle del Dubra y una ristra de la que costaba recordar los nombres.

Y Gómez, como su bisabuelo, era de esos hombres a los que les gustaba chapotear en el barro.

Las malas lenguas decían que se había amancebado en tierras portuguesas y que, desde allí, conspiraba contra la Corona de Galicia y León, aunque sólo fuera por mantener vivas las tradiciones familiares.

Sin embargo, apenas leyó el correo que le entregó un mensajero que había reventado dos monturas, Gómez Fernández de Traba salió a uña de caballo.

Los poderosos prefieren lo fácil a lo difícil.

Pasó la noche de camino, alquiló una posada entera en Cira, donde se comió él solo una docena de truchas del Ulla, y entró en Compostela rodeado de su séquito, tres escuderos, cuatro mulas y cinco frades de San Martín de Xubia, el monasterio por el que su familia había tenido siempre predilección.

Llegó a la ciudad para fingir que no había estado en el sur, sino de cacerías en las riberas del Tambre.

Por supuesto, a quien preguntase, la casa de Traba nada sabía de los planes portugueses para robarle tierras a la Corona leonesa. Y, por Dios bendito, la casa de Traba no tomaría jamás parte en una traición así a los viejos tratados. Los portugueses tenían muy poca vergüenza.

—Habrase visto —decía airado—, se han olvidado de que hace cien años no había frontera. Aquí éramos hermanos hasta que casaron a las infantas con los borgoñones.

No, por supuesto que no, nunca. La casa de Traba no tenía nada que ver con la guerra que había comenzado.

—El Miño era un río —aleccionaba—. No una frontera.

Bajo un mediodía que seguía frío, que cerraba las bocas de los otros nobles, pero no la de Gómez. El conde tenía cuerda para rato y se acompañaba de grandes gestos y risotadas.

—La vida, la vida y la honra —repetía con cara de angelote para que lo escuchasen el señor de Pambre y el de Vimianzo—, la vida, la honra y hasta la fortuna. Lo que sea por el rey Fernando.

Con menos enjundias, menos tierras y menos dineros, los otros escuchaban, y se guardaban sus sospechas, más que fundadas de que el de Traba mentía como un bellaco.

—Ese Afonso es un traidor —decía el de Traba—. Le da a una hija y se olvida de ella. ¡Ha atacado Galicia! ¡¡Galicia!!

Y el de Pambre y el de Vimianzo intercambiaban una mirada bajo las cejas.

—¿Cómo se ha atrevido? —porfiaba el conde—. El rey Fernando debe dar un puñetazo en la mesa, zanjar por lo sano. Su suegro merece un escarmiento.

No se callaba. Y tenía mucho de qué hablar, porque las traiciones corrían de Castilla a Portugal, pasando por León y, cómo no, por Compostela.

Salamanca se había sublevado. Y era cierto, el portugués Afonso había casado a su hija con el rey al que ahora atacaba y ambos, además de Castilla, miraban de reojo a Badajoz, donde los almohades despachaban cristianos.

Gómez podía hablar y hablar, aunque no dijese nada.

Y los otros dos suspiraban cómplices.

—Si el rey llama, allí estará la casa de Traba. Nos criamos juntos —presumía ufano.

Y el de Vimianzo y el de Pambre ya lo sabían, porque se lo habían oído decir mil veces, de Zamora a Sahagún, cada vez que el rey convocaba, pero ponían cara de sorpresa y asentían con contrición de mártires.

—Mi padre fue su ayo —insistía Gómez—. Yo estaba con él la primera vez que cogió una espada.

La espera se estaba haciendo larga, el hambre apretaba, y todos querían acabar con aquel asunto. Y el de Pambre, que se apoyaba en un bastón porque la gota le devoraba un pie, harto, fue el que se cansó antes de tanta bravuconada.

—Que no sepa la mano izquierda lo que hace la derecha...

La sonrisa del conde de Traba flaqueó mientras rumiaba la insinuación. Y el de Pambre, como si no hubiera pasado nada, compuso un rostro inocente, de angelote en el altar.

Y el de Vimianzo, rota la veda por su compadre, y sin paciencia tras toda una mañana esperando, intervino:

—Entonces —dijo alzando sus cejas canas, una partida por un tajo moro en Almería—, en virtud de esa gran amistad —las ojeras delataban que se había tenido que levantar antes de los gallos para llegar a tiempo—, podrás aclararnos por qué nos ha hecho llamar el rey Fernando con tantas prisas...

La insinuación, cargada de retranca, soliviantó los ánimos.

Gómez, que no tenía gota como el de Pambre, que no tenía un tumor que le consumía un brazo como el de Vimianzo, y que tenía más fortuna que los otros dos juntos, resopló.

Miró a los otros dos empapado de odio. Como si quisiera empalarlos en las viejas picotas de la Puerta de la Trinidad.

Aunque Gómez consiguió refrenarse.

Se juró que se las cobraría, pero, por el momento arregló una sonrisa, falsa como una moneda de madera, y siguió mintiendo.

Una costumbre muy al gusto de los poderosos.

—Por supuesto, claro que sí —contestó como si cualquier otra opción fuera una majadería—, pero en su mensaje me pedía que no lo divulgase. Que él mismo se encargaría de dar la noticia.

No sirvió para calmar la impaciencia de los nobles que, en corrillos, se habían agrupado en la explanada al oeste de la catedral en obras. La que llamaban de la Trinidad, junto al gran socavón, donde los talleres.

Cubiertos de polvo del camino, habían acudido a la llamada del rey.

Con el de Traba, el de Vimianzo y el de Pambre estaban los que habían llegado a tiempo, desde todos los rincones de Galicia.

Y, separados de las armas y los caballos de guerra de los nobles, estaban todos los canónigos de la catedral. Frailes de San Martín Pinario y de San Paio de Antealtares, unos pocos de San Fiz.

Poco antes había llegado el obispo de Lugo, y el último había sido el de Mondoñedo.

Estaban también los notables de la ciudad, los que cincuenta años antes, agrupados como el Concejo, habían metido las narices en la revuelta. Y con ellos los mercaderes más importantes de Compostela, se rumoreaba que incluso un inglés que comerciaba vinos con un local.

Hasta los obreros y los peones, los orgullosos canteros con su jerga y sus secretos. Y se habían aseado. Había entre ellos un esportillero, con una cesta a la cintura, tan repeinado que parecía lamido por una vaca.

Estaban los peregrinos, que hablaban en franco, en magiar, en eslavo y hasta en algo que parecía moro.

Con sus cayados, sus sombreros, muchos con sus conchas de vieira.

Se esforzaban por hacerse notar, a veces servía para que los salteadores se contuvieran, porque la Corona protegía a los que hacían el camino a Santiago.

Y cientos de curiosos. Compostela, ansiosa por saber sobre la guerra, se había reunido en torno a las obras de la nueva catedral. A la espera de noticias.

Algunos gritaban consignas violentas. Otros pedían calma.

Y llegaba más y más gente.

Pero aún faltaban tres. El arzobispo Suero, el maestro de obras y el rey Fernando.