XIV
Ruy lo sacó a empujones. Y cerró la puerta con tal violencia que, ahora sí, una de las bisagras se dobló.
—¡Vamos! ¡Me cago en tu calavera! ¡Muévete!
Tiró de él por las calles de Compostela. Sin miramientos. Con el hombro envió al suelo a un juglar que buscaba una taberna donde tocar esa noche. El músico quedó despatarrado. Había usado las manos para proteger la vihuela y se había raspado una mejilla.
Se acordó de los parientes del soldado con coloridos juramentos que rimaban con desagradables asuntos familiares y problemas digestivos. Y se calló de inmediato cuando lo golpeó un reojo del Cuatrohostias.
—¿Tenía que ser hoy? —jadeó Ruy cuando se olvidó del juglar—. Parece cosa del diablo. Me cago en Murcia. Y me cago en la Ciudad Roja.
A trompicones Mateo lo seguía, escuchaba aquella melodía, intentaba recordar todas y cada una de las palabras de aquel joven y aquel anciano.
—¡Hoy! Me cago en Tierra Santa. ¡Hay que ver al arzobispo!
Ruy se cagaba en cualquier cosa que oliera a moro. Pero no se detenía. Acabaron trotando.
—Como digas una sola palabra te capo y te hago comerte los huevos, ¿me has oído?
Sin detenerse, a paso vivo de vuelta al palacio del arzobispo.
—Ni una puta palabra, ¡cagüen la media luna!
A toda prisa.
—Tenía que ser hoy... Me cago en La Meca.
A trompicones. Con las palabras mordidas.
—No lo hemos encontrado, ¿me oyes? ¡No lo hemos encontrado!
Una esquina, la siguiente, ya se oían los martillazos de los canteros, a lo lejos, y el runrún de las sierras de los carpinteros. Tenían que cruzar los talleres, rodear las obras y llegar al palacio del obispo.
Pero Ruy lo obligó a desviarse. No quería atravesar los talleres, no quería que los viesen.
—Si alguien que no es el arzobispo pregunta, tú no tienes ni puta idea de dónde está maese Verrondo, ¿me has oído? Ni puta idea.