XIII
Se le amontonó en el paladar el regusto amargo, a carbonilla, del miedo. Y sus ojos, uno de cada color, palpitaban. A Mateo le costaba respirar.
Oía los susurros que correrían por las esquinas de la ciudad.
—La manzana no cae lejos del árbol.
Y una calle más abajo.
—De tal palo, tal astilla.
Y su trabajo. El de todos en el taller. Los oía, podía oírlo. Podía imaginar a los peregrinos lamentándolo.
—No la terminarán...
—Lleva años así...
Y los gritos de Aldonza. Y las preguntas de Mateo. Todo se mezclaba en un remolino que mareaba. Podía oírlos.
Sintió frío. Sintió que encogía. Que sus ropas le quedaban grandes.
Podía oír los gritos. Y aquella endiablada melodía del organistro. Tomaba velocidad, hasta que las notas se convertían en un lamento capaz de romper las cuerdas.
Apretó el puño de la mano derecha, hasta que la herida se abrió de nuevo y una gota de su propia sangre cayó en el suelo.