Suseia (Camino de Santiago 2) XII
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XII

No estaba completo. Si lo hubiera estado ni siquiera el Cuatrohostias se hubiera quedado allí, de pie, mirando sin comprender. Incluso él, soldado curtido, que había visto de todo, hubiera echado a correr sin mirar atrás.

Pero no hacía falta que estuviera completo.

Mateo lo reconoció.

Lo había visto cada día, durante dos años.

Los brazos alzados pidiendo clemencia, el rostro contorsionado por el horror. Por el horror y el arrepentimiento. Y, en los costados, abriendo las costillas, desgarrando las entrañas, una pesadilla salida de entre las llamas del infierno.

Era aquel pobre desgraciado.

Era aquel pobre desgraciado que Triboulet había retratado en piedra.

No estaba completo. Faltaba aquel demonio clavando sus garras, tirando de él hacia el abismo más profundo de los fuegos eternos.

Pero lo reconoció.

Allí, tirado en las escaleras de su casa, embadurnado en sangre, rajado como un saco viejo, estaba aquel pobre desgraciado condenado por sus pecados.

Verrondo era aquel pobre desgraciado.