XI
No podía dejar de mirar. Y empezó a negar.
Un amago primero. Un gesto del mentón, y sopló los mechones que cayeron sobre el rostro.
Después, sin apartar los ojos, uno de cada color, repitió el gesto. Una y otra vez. Con la barbilla de un lado a otro.
No podía ser. Y lo era.
Mateo no había visto a los apañuscadores robar a los muertos. Ni las pilas de cabezas para llamar a la oración. Mateo no había visto a un crucificado a no ser tallado en piedra. Y, sin embargo, sí había visto aquella pesadilla.
La había visto, todos los días, durante años. Todos los días.