Suseia (Camino de Santiago 2) X
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Ruy apartó al cantero de un empujón y subió los tres escalones que hacían falta para llegar al cadáver. Uno de los gastados tacones de sus botas dio una palmada en un charco, y cuajarones de sangre saltaron en todas direcciones.

Dejó tras de sí una pregunta que Mateo escuchó mientras reculaba hacia una puerta que, en tiempos, debió de conectar el antiguo taller del orfebre con la vivienda. Ahora estaba trabada, el taller lo alquilaba un comerciante de paños como almacén.

Y Mateo no pensó en ello, pero aquella puerta estaba cerrada. Todas las puertas y contraventanas de la casa estaban cerradas. Era una noche de invierno. Todo estaba cerrado, y en el hogar ardían mansamente las brasas de un leño.

La pregunta del capitán hizo que Mateo pestañease.

—¡No se te ocurra mentir o te corto la lengua y te la meto por el culo! ¿Estabas solo en el taller?

El cantero tragó. Y la saliva le pareció plomo fundido.

—La talla de Santiago la escomencé anoche yo...

El Cuatrohostias gruñó. Como si le costase creerlo, pese a aquello.

Aquello no era obra de un ser humano. Aquello era una pesadilla. Y la noche anterior hizo de saltimbanqui en la garganta del Cuatrohostias y le dejó un regusto ácido, de vino picado.

—Cagüen las barbas del profeta...

El Cuatrohostias había sido arrollado por la caballería mora, había sacado a un amigo de un foso erizado de estacas, había avanzado en aquella carnicería de Almería y resbalado en las tripas del que, hasta que cayó el mandoble sarraceno, había estado a su lado.

Ruy Ansúrez había escuchado los tambores atronar en el campo de batalla, los tambores que arrancaban paternóster por un extremo y mierda por el otro.

Incluso había soportado que, la noche anterior, Lambra le hiciera de menos con una sonrisa condescendiente. La derrota que más le dolía de todas.

Había visto de todo. Las había pasado putas. Incluso sabía lo que era acabar comiendo tortas de barro y hierba cuando un asedio traía el hambre.

Había visto de todo.

Y jamás en su vida había visto algo así.

El rubor en su rostro subía por las mejillas y daba color a aquel muñón que tenía donde debería haber estado una oreja.

Había visto a los apañuscadores revisar a los muertos entre los cuervos. Y a los moros apilar cabezas para hacerse una torre desde la que llamar a sus putas oraciones.

Había visto a amigos suyos, a compadres con los que había compartido coño y vino, hermanos, los había visto crucificados. Crucificados con una cabeza de perro cosida al hombro y un montón de su propia mierda a los pies.

—¡Cagüen las putas barbas del puto profeta!

Al final apartó los ojos.

Y, sin embargo, Mateo no podía dejar de mirar. Tenía los ojos, uno de cada color, clavados en el cadáver.

—En mi puta vida...

No le hablaba a Mateo, las palabras del Cuatrohostias se quedaron allí, en las escaleras, sin que nadie las recogiese, hasta que cayeron en uno de los charcos. Al contrario que el gastado tacón de la bota, no salpicaron.

Quizá por eso, porque no sirvieron de nada, las repitió. Porque había visto de todo y, aun así:

—En mi puta vida...