IX
Ruy se adelantó.
Desenfundó, soltó un reniego bajo el colmillo, y se adelantó listo para soltar un mandoble o para echarse atrás. Como si avanzase hacia un muro de escudos moros.
Lo encontraron en las escaleras.
Aún llevaba puesto el camisón de fino hilo. O lo que quedaba de él.
La sangre, espesa, a medio coagular, como miel sucia, ya no goteaba por los escalones, donde había dejado una seguidilla de charcos que terminaba al pie de la escalera.
El maestro Verrondo estaba muerto.
Había sido asesinado.