VIII
Ruy había pasado mala noche. Una vez más, sus intentos de convencer a Lambra para que le permitiese meter la mano bajo sus faldas habían sido inútiles. Y se había gastado buena parte de la soldada en el vino de la mancebía de la Juana.
Quizá por eso el estómago le dio un vuelco.
Porque el vino y el rechazo le pesaban demasiado.
Ruy era un tipo curado de espanto. Tenía las canas, los años y el colmillo. Además, lo que se contaba de él era cierto, antes de guardarle las espadas al arzobispo Suero había capado a más de un moro. Y a más de dos. De hecho, había empezado con tres, uno detrás de otro, y luego perdió la cuenta.
Era un tipo cuajado, pero la mala noche le jugó una mala pasada, poco le faltó para echar hasta la primera papilla.
Le bastó entrar en la casa del maestro para saber que tenía entre manos un problema.
El Cuatrohostias conocía esos mierderos. De primera mano.
Ruy Ansúrez se santiguó. Luego, cavilando algo que no compartió, escupió una pregunta que se estrelló en una de las mejillas de Mateo.
—¿Has salido al hideputa de tu padre?
Como un martillazo.
Y Mateo, con la mano ensangrentada y la pechera de comparsa, agradeció que el otro lo hubiera visto en los talleres y supiera que toda esa sangre era suya.
Porque aquel tufo era inconfundible.
—Cagüen Sevilla —renegó Ruy sin esperar respuesta del cantero—. Las matanzas para san Martiño...
Tenía razón. Un cerdo, abierto en canal, con la madeja humeante de las tripas bajo el frío de noviembre. Aquella peste le trajo el recuerdo a Mateo.
El olor, profundo, agrio, amargo y dulzón a la vez, le quitó de encima el hambre que habían despertado los quesos, le quitó el hambre y veinte años. Lo llevó a uno de sus pocos recuerdos de infancia, cuando aún vivía su madre, cuando aún vivía su padre.
Antes.
Porque la vida de Mateo había tenido un antes y un después. Un antes y un después de lo que había hecho su padre.
Antes.
La hoguera para chamuscarle el pellejo al gorrino, los baldes llenos de sangre humeante. Las mujeres con las cestas, listas para llevarse las tripas al río y lavarlas. Del gorrino se aprovechaban hasta los andares. Y el matarife, con aquel largo cuchillo que tanto miedo le había dado a Mateo.
Un matarife que hablaba igual que el Avemaría, un tipo enclenque bajo una gorra sobada.
—Sonlle dúas e a vontade, que sempre ye agradecida.
Y su padre. Su padre, con aquel gesto severo, regateando el precio antes de sacar las monedas de la faltriquera.
Por aquel entonces aún había dinero en casa.
Antes.
Antes de que todo se estropease, antes de que su padre perdiera el rumbo.