Suseia (Camino de Santiago 2) VII
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VII

Ruy Ansúrez cortó por lo sano.

—¿Está casado?

En los talleres se sabía que todos los figones de Compostela sufrían el asalto del maestro de obras.

Verrondo, que ni bolsa al cinto llevaba, no pagaba jamás una comida, se hacía fiar a cuenta de que ni uno solo de los figoneros iría a reclamarle cuentas al obispado. Lo aceptaban como un impuesto más.

—Acordo que no —contestó Mateo inseguro.

—¿Vive solo? —contraatacó el soldado.

Cayó Mateo en la cuenta de que conocía a la esposa del Sinsombra, una mujerona que le quedaba grande al marido.

También sabía de los amoríos del vizcaíno con una lechera de los establos de San Martín Pinario.

Trataba incluso a la madre de Juanillo. Era parte de su trabajo.

Dejar marchar antes de tiempo al que tenía en casa una parturienta, regalar una jarra de vino después del parto, permitir que un padre llevase al hijo enfermo a ver a uno de los hebreos que sabían de medicina o, si no había dineros, a alguna meiga.

Mateo conocía a sus hombres. Pero no a Verrondo.

Y Ruy, que tenía el mismo gusto por la acción que su patrón el arzobispo, no necesitó respuesta, le bastó ver las dudas bailando en el rostro del cantero.

Lo apartó sin miramientos, desenfundó el puñal que llevaba al cinto y, en un abrir y cerrar de ojos, forzó la cerradura.

Antes de abrir volvió su rostro, curtido, con barba de varios días, una barba capaz de servir a los carpinteros para limar travesaños, y miró a Mateo con un gesto que no dejaba lugar a dudas.

—Non vidi neso.

Y a la carrera, antes de que el soldado le encontrase otro uso al puñal, Mateo se repitió sin usar la jerga de los canteros.

—No he visto nada yo.

El gruñido del otro no fue consuelo. El Cuatrohostias parecía dispuesto a colgar también al hijo de Arrio. Y Mateo poco podía hacer para solucionarlo.

A no ser acabar cuanto antes.

Sin decir una sola palabra, en tanto el soldado enfundaba, Mateo se coló entre Ruy y la jamba para entrar.

—Mestre Verrondo! —llamó levantando la voz.

Y, antes de dar el primer paso, los abofeteó aquel tufo.