VI
El invierno era dueño de la mañana, y de la ciudad. El frío se veía en los peregrinos a punto de llegar a la catedral, con las mejillas enrojecidas.
Restos de la helada pingaban desde los aleros. Las gárgolas hacían su trabajo. Gentes iban y venían.
Los mercaderes, con sus capotes brocados, con sus caros añiles, con sus gordas barrigas, bromeaban de camino a las mesas de los cambistas.
Las lavanderas recogían trabajo en grandes cestos, por las casas de los más pudientes, dispuestas a deshacerse las manos con lixivia limpiando porquerías que no eran suyas.
Chicuelos haciendo recados, dos perros persiguiéndose, palomas arrebujadas en las cornisas.
Incluso pasó por allí un cortejo con los seis inconfundibles eslabones del escudo de la casa de Traba. El jovencísimo Gómez Fernández, conde de las tierras al norte del Tambre, había venido a Compostela. A urdir conspiraciones o alianzas.
Pasó una mujerona con un cesto lleno de coles. Y se le cruzó una muchacha, joven y esbelta que, con gracia inusual, llevaba sobre la cabeza una bandeja de tiras de castaño con quesos envueltos en hojas de berza.
Aquellos quesos dejaron a su paso un delicioso aroma agrio que abrió el apetito de Mateo, que ni siquiera estaba seguro de cuándo había comido por última vez y, con ironía, pensó que agradecería una de las tortas de Cirilo.
Llamó tres veces.
Nadie contestó.
Mateo, dudoso, levantó el puño de nuevo.
Ruy Ansúrez lo apartó de un empujón y aporreó la puerta, con tal brutalidad que las bisagras retemblaron.
—¡Maese Verrondo!
Sólo contestaron las tripas de Mateo, llamando a los quesos que ya habían doblado la esquina.