V
Decían que había sido la casa de un orfebre judío. Un tal maese Reuben que saliera mal parado cincuenta años atrás, cuando el fuego de las revueltas.
Mateo no sabía si era cierto. Pero sí sabía que era una de las mejores casas en el mejor de los barrios, el de los orfebres, a donde Aldonza llevaba años pidiéndole que se mudaran.
Y también sabía lo que sabían todos los arxinas en las obras de la catedral: Verrondo no podría mantener una casa así de no ser por lo que sisaba.
Le hubiera gustado a Aldonza. Más que los despachos del arzobispo.
Sólo la puerta eran los ahorros de una vida. Hierro forjado con filigranas y una pesada cerradura entre jambas que, anunciando la profesión del dueño, se habían entorchado como las columnas que, antes de los incendios, habían estado en la Puerta del Paraíso, en la entrada norte de la catedral.
Mateo alzó la mano derecha, apenas vendada con un jirón que le había tendido Gundisalvo cuando se lo llevaron.
Y cambió de mano con una mueca de dolor en la comisura de los labios.
Usó el puño de la izquierda para golpear, seco, en la poca madera que dejaba ver el exquisito trabajo en hierro.
Llamó tres veces.
Nadie contestó.