IV
Mateo no tuvo tiempo de reaccionar.
Una de las manazas de Ruy lo sacó del palacio como si lo llevase con correa y, en un santiamén, estaban en la calle.
—¿Dónde?
Más que una pregunta, fue una de las cuatro hostias de su apodo.
Y Mateo no contestó. Acab y Acaz. La talla del apóstol. La noche perdida. La admiración de los arxinas. Todo se revolvía detrás de aquellos ojos suyos, uno de cada color.
Mateo no contestó. Miró su mano ensangrentada, y recordó el mango de nogal.
Quería volver a los talleres. Quería desatar la alegría que burbujeaba en su interior. Ignorar la negra sombra de la sospecha, porque no podía ser cierto, no bastaba el martillo de un muerto.
No. No era cierto.
Y si lo había conseguido. Lo que llevaba una vida intentando. Si lo había conseguido huiría para siempre la sombra de su padre.
Ruy lo sacudió como a un pelele.
—¡Espabila! ¿A dónde cojones vamos?