III
—Debes decirme dónde se ha metido maese Verrondo.
Mateo cerró los ojos. Y no rezó, como el asturiano, porque los rezos se le atragantaban, pero pensó en su hijo, quería enseñarle a su hijo la talla. Quería mostrarle su propio gorrión. Quería escucharlo de nuevo, sentir aquella calidez.
—Papá.
No había hogar más acogedor. Quería. Pero no podía desobedecer.
Y quería volver a los talleres. Pero no podía desobedecer.
Cerró los ojos. Logró serenarse. Y los abrió para pensar que a Aldonza le habrían gustado los despachos.
—Tú tienes que saberlo.
Tras el incendio de cincuenta años antes, recién elegido arzobispo, Gelmírez celebró el nombramiento haciéndose construir un nuevo palacio al costado de la catedral, un dispendio de lujos que no lograba calzarse su espartano sucesor.
—No te hagas el sordo...
Austero, no pegaba mucho el arzobispo Suero entre aquellas molduras y tanto pan de oro.
Mateo dejó de pasear los ojos por la habitación y clavó aquella peculiar mirada suya en el arzobispo. Iba, por fin, a contestar, cuando a Suero se le agotó la paciencia.
—No se ha presentado —le espetó.
El arzobispo remató con aquella impaciencia suya que iba tres respuestas por delante de la pregunta.
—Tenía que haber venido a primera hora...
Y por si no había quedado clara la intención alzó una de aquellas manos de leñador del Baztán y se apuntó al pecho, a una casulla que no era de seda y no tenía bordados.
—A verme a mí.
—No lo he visto yo —balbució Mateo—. Va y viene. Es el maese... Onde está yo no lo sé.
Otros hubieran enredado el discurso, le hubieran recordado a Mateo que era el primer oficial, que tenía obligaciones. Pero Suero era de los que preparaban el trillo antes de la siega.
—Id a buscarlo —zanjó rotundo.
Ruy no perdió un instante, ya estaba en marcha cuando el arzobispo, con ese aire suyo, cansado de explicar lo obvio, decidió añadir algo más.
—Con discreción.