II
Se lo llevaron.
Dos de los hombres de Ruy lo sujetaron y lo obligaron a caminar. Sin más, con ese aire práctico de la rutina. No hubo violencia. Tampoco sutilezas. No se hacía esperar al arzobispo.
Apenas capaz de pisar, en volandas, se llevaron a Mateo, que sólo pudo echar un vistazo atrás y comprobar que no había sido una pesadilla.
Allí estaba el apóstol, y la maceta de Triboulet en el cepo. Con el mango de nogal empapado de su propia sangre.
Y Gundisalvo que le tendía algo en su mano.
Oh, discordia.
Allí estaba, el apóstol, y Juanillo lo miraba, lo miraba con auténtica devoción, postrado ante un altar. Y el asturiano, con sus eternas avemarías. Y los borgoñones. Malaquías.