Escaleras y garras
I
Se lo llevaron.
Y fue la gota que colmó el vaso. Los talleres se derramaron. De los sogueros a los que preparaban el mortero. Hasta los desgraciados que se deslomaban en las ruedas de las grúas.
Todos echaban reojos nerviosos a aquel apóstol emergiendo de la piedra, y apartaban la mirada de inmediato, como si quemase.
Y se inclinaban hacia el oído del vecino para soltar algo de carrerilla y volver a mirar con aprensión hacia la talla de Mateo.
Cruzaban los dedos, cerraban puños sacando el pulgar, escupían en el suelo.
Y Sisnando iba de un lado a otro, hurgándose las guedejas. A Gundisalvo no le hacía falta oírlo. Sabía que estaba esparciendo cizaña con aquella cara de rata estreñida.
Se empezó a hablar de mala sombra, de aojamientos, de meigas.
El viejo supo que debía hacer algo antes de que los talleres se desmandasen. Y Gundisalvo se tiró de las calzas, escondió el dolor de los nudillos, no fuera a ser que los otros lo viesen, y estaba a punto de poner orden en aquel gallinero cuando el Cuatrohostias se le adelantó.
Dos soldados se llevaban a Mateo, pero el capitán se dio la vuelta, echó un vistazo en derredor y gritó una orden.
—¡Cago en Córdoba! ¡Adecentad esto! ¡Parece una cochiquera!
Y, por si no había quedado claro, paseando la mirada de un extremo a otro, con la mano en el pomo de la espada, insistió.
—¡El arzobispo lo quiere limpio como una puta patena!
Marchó con la seguridad de quien sabe que será obedecido y, cuando ya se alejaban, el xebo Gundisalvo se hizo cargo después de volver a tirarse de las calzas, había adelgazado en los últimos meses.
—¿Qué cojones estáis esperando? ¡A limpiar!
Y se pusieron a ello. Y Juanillo, incapaz de contenerse, aprovechó el trasiego que se traía con un escobón para acercarse a Gundisalvo.
—Por la Virgen, nunca oí semejante cosa. ¿Y al obispo qué más le da si los talleres están limpios o no? —preguntó el esportillero.
Pero el xebo no tenía humor para zarandajas.
—Tú recoge esos cestos —ordenó señalando con el cepillo que tenía en la mano—, y no jodas más... O no te llevo de lazarillo cuando todo esto se vaya al carajo.