XIV
Era imposible no obedecer. Así había sido siempre. Esa misma voz había gritado en Jaén y en Córdoba. Y en Almería. Que se ganaron al moro para que los jodidos almohades las tomasen de vuelta.
Muchos hombres habían muerto bajo esa voz. Todos cumpliendo órdenes, nadie hubiera desobedecido jamás a aquella voz.
Porque detrás de la voz estaba un hijo de la frontera. Aunque, a sus espaldas, jamás a la cara, sus soldados lo tachaban de hijo de puta.
Ruy Ansúrez.
Que antes de ser capitán a las órdenes del rey Fernando, muerto tras ser incapaz de reconquistar Almería, ya era conocido como el Cuatrohostias.
Luego el apodo cuajó. Flotaba sobre las mesas de posadas, ventas y tabernas. Dicho en voz baja entre dos vasos de vino, mirando el escote de una de las muchachas de la Juana. Porque cualquiera que lo supiera, también sabía, a la fuerza, que podía acabar catándolo.
Cuatrohostias. Porque ése era el remedio de Ruy Ansúrez para todo, hasta para el catarro.
Jamás uno de sus hombres había llegado tarde o se había presentado sin la cota de malla y listo para destripar moros, o aragoneses, o castellanos, lo que cuadrase.
Y jamás ni sus hombres ni nadie le habían preguntado cómo había perdido la oreja que le faltaba.
De hecho, entre sus hombres corrían apuestas por saber dónde y quién.
Y el monto ya ascendía al sueldo de un año.
Aunque nadie se atrevía a preguntar, no fuese a acabar sin las dos orejas y con cuatro hostias encima.
Cuatrohostias. Como decía el propio Ruy cuando no gruñía, habían bastado para convertir en rectos y piadosos cristianos a unos cuantos moros.
Había nacido en la frontera del Guadiana. En algún lugar perdido, no lejos de Calatrava. Donde acababan los desesperados y los huidos de la justicia. En la frontera las preguntas se contestaban con hierro, y si no te jodían los moros, te jodían los cristianos desertores.
Y sobre su historia había tantas versiones como borracheras había despabilado el mismo Cuatrohostias.
Lo único que tenían en común todas aquellas versiones era que su madre había sido puta en una venta a orillas del Jabalón. Una venta que había ardido hasta las cenizas en una aceifa mora. Y que aquel día, siendo apenas un crío, el Cuatrohostias había destripado a sus dos primeros moros.
Eso decían sus hombres. Y no sabían la verdad. Habían sido tres.
A aquel niño la frontera le había robado la infancia. Dos lo sujetaron y un tercero le rompió los calzones.
Esperó a que se durmieran. Y, con la sangre aún corriendo muslos abajo, el que algún día se llamaría Cuatrohostias degolló a los tres moros. A veces todavía se despertaba con el tacto a rastrojo de aquellas barbas en la mano izquierda.
Cometieron el error de pensar que el chico era inofensivo. Y aquel niño salió cojeando, entre las ovejas muertas y el fuego, con una gumía en la mano. Del filo del cuchillo, robado al hideputa que había sido el primero, todavía goteaba sangre caliente.
Jamás miró atrás. Y acabó de capitán para el arzobispo de Compostela. Gritando órdenes que eran como truenos.
En cuanto lo vieron, los frades de Antealtares salieron corriendo, como si llegase uno de los jinetes del Apocalipsis.
El carpintero reculó agachando la cabeza.
El corro de canteros se abrió y, como la proa de uno de aquellos dragones vikingos que aparecían navegando la ría del Ulla, apareció Ruy Ansúrez, el Cuatrohostias.
—¡Tú!
Se oyeron suspiros de alivio, los de todos aquellos a los que no apuntaba la espada.
—¡¡Conmigo!!
Los hombres se apartaron. A Gundisalvo se le escapó un gemido. Juanillo se echó al suelo.
—¡¡¡El arzobispo quiere verte!!!
La espada, tizona, de ese hierro oscuro de los moros que aún guardaban los secretos de Córdoba, sajaba el aire, tiesa. Señalando.
Y señalaba a Mateo.