XIII
—Ye Cristo en la pasión! —soltó el asturiano entre dos avemarías.
Mateo lo escuchó, lejos, muy lejos. Nadaba en barro espeso, pero llegaba a la orilla.
Era de día. El sol brillaba limpio sobre el ábside de la catedral. Y estaban todos allí, y todos lo miraban a él.
—¡Ni Cristo ni san Dios! Me cago en la puta. ¡¡Silencio!! ¡¡¡Callaos!!! U os clavo las lenguas al cepo...
Gundisalvo se puso frente a él.
—Xilón?
Lo oyó. Pero no sabía qué decirle al viejo.
Unos años antes, justo después de que lo nombraran oficial, un andamio había cedido y cuatro habían caído en un remolino de tablones y puntales. Mateo había caído sobre su espalda. Recordaba el estruendo. El aire, que se le escapó de golpe. El clac de sus dientes al golpear.
Y esa niebla que, por un paternóster, lo llenó todo. Durante unos instantes, justo antes de perder la conciencia, se sintió flotar.
Ahora se sintió igual.
Descubrió la maceta en su mano, el cincel. Y la sangre. Había mucha sangre.
Recordó la esquirla. Y los músicos. El anciano y el joven. Acab y Acaz.
Discordia.
La sangre.
Las rodillas se volvieron grasa fundida.
Estaban allí, Juanillo lo apuntaba con un dedo. Y entonces vio la talla del apóstol. Aún sin terminar, desprendiéndose del granito como de ropa sucia.
Era lo mejor que había visto en su vida. Mejor aún que la de Triboulet. Era mejor. Lo sería cuando la terminase, quienquiera que la hubiera hecho. Y pese a la confusión, una verde punzada de envidia alanceó su pecho.
Hasta que comprendió.
Y Gundisalvo le quitó las herramientas de las manos. Y lo sujetó, tuvo que sujetarlo.
La vio cuando el viejo la dejó en el cepo, junto a la concha. La vio. Era la maceta de Triboulet. Y el mango estaba bañado en sangre. En su sangre.
Discordia.
Aquella condenada melodía. Volvía a sonar. Buscó a los músicos.
—¡Muchacho!
Lo miraban a él, manchado de sangre, ojeroso, con las greñas revueltas, cubierto del granillo arrancado por el cincel. Pero en el corro cuchicheaban admiración.
Sólo Gundisalvo ignoraba la talla.
El resto de los arxinas lo miraba a él. Pero cruzaban dos susurros y miraban de nuevo a la talla.
Algunos señalaban, con la mano, con el mentón. Cuchicheaban. Se fijaban en la sangre en la pechera y volvían sus ojos al apóstol.
Estaban admirados.
Lo supo. Por el ceño fruncido y los labios apretados de Sisnando, Mateo supo que si algún día tuviera que tallar la envidia le bastaría guardar en su memoria el rostro de Sisnando.
Tenían preguntas, quizá miedo. Aunque todos estaban admirados. Jamás habían visto una talla semejante. El apóstol invitaba al peregrino a entrar en su templo, dispuesto a llevárselo a los Cielos.
Y ni siquiera estaba terminado.
Nunca antes había saboreado Mateo algo así. Tenía preguntas. Como ellos, como Gundisalvo. Muchas más. Pero, poco a poco, como un charco llenándose bajo la lluvia, algo dulce y cálido embriagó el pecho de Mateo.
Allí en el cepo estaba la maceta de Triboulet, y allí estaba su mano. Y la sangre en ambos.
—Xilón!!
Mateo acercó la mano a una de las mejillas del apóstol. Y la melodía cobró volumen. Pero nadie más la oía. Y Acab y Acaz no estaban. Aunque aparecerían en cualquier momento. Estuvo seguro. Los escuchaba. Aquella melodía.
Sintió alivio cuando el corro se abrió.
Pero no llegaron los músicos. Llegó la orden. Y estalló como un trueno.