Suseia (Camino de Santiago 2) XII
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XII

Una gota de sangre cayó en el suelo. Una más. Había sangre por todas partes.

La herida en la palma de Mateo se había abierto. La sangre resbalaba por el mango de nogal. Cayó otra gota. Una más.

Cada golpe, cada martillazo había escupido sangre. Sobre la talla del apóstol, sobre el suelo, sobre las botas, sobre el rostro de Mateo.

Tenía la pechera cubierta de rastros carmesí. De tanto en tanto había soltado la maceta y restregado la mano contra su túnica.

Cayó una gota más.

—Xilón?

Mateo parpadeó. Gundisalvo insistió:

—¿Qué cojones...?

Fuera lo que fuese, se rompió. En el corro de arxinas se soltaron las lenguas, empezaron a chismorrear como comadres revenidas al fondo de una capilla. Incluso uno de los gatos maulló. Y de algún lugar hacia el sur, por la Rúa do Vilar, llegó el ladrido de un perro.

El pilluelo con el labio leporino se metió un industrioso dedo en la nariz y el del ojo morado le dio un codazo para que se pusieran en marcha. El chucho se les escapaba.

El único que seguía quieto era el apóstol. Prisionero en el granito.

Gundisalvo sacudía el mentón, incrédulo.

—¡Cagüen la...! ¿Qué demonios...?

Fue Juanillo el primero en levantar la mano.

—Por la Virgen —señaló—, parece Nuestro Señor Cristo el Viernes Santo...

—No jodas, Juanillo, no jodas —chistó el viejo—. No está el horno para bollos.

Pero los asentimientos corrieron por el corro como una ola llegando a la playa.

—Ye Cristo en la Pasión! —soltó el asturiano entre dos avemarías.

Los frades de Antealtares se persignaron tres veces seguidas, y con las manos libres señalaban la talla del apóstol.

A Gundisalvo no le gustó. Los milagros eran milagros hasta que a algún mojigato se le ocurría decir que eran malabares del diablo.

—¡Ni Cristo ni san Dios! Me cago en la puta —saltó el viejo—. ¡¡Silencio!! ¡¡¡Callaos!!! U os clavo las lenguas al cepo...

Y se volvió hacia Mateo.

—Xilón?

Como un carámbano derritiéndose al sol de la mañana, poco a poco, Mateo reaccionó. Sus ojos, uno de cada color, lograron centrarse.

Y por si los prodigios no habían sido suficientes. Se añadió a la ristra uno más.

Quizá los otros no se dieron cuenta. Estaban demasiado ocupados chismorreando. Pero el viejo Gundisalvo lo vio.

Mateo despertó, como si lo arrancasen de un profundo sueño, y la sorpresa brotó en su rostro.

El viejo Gundisalvo lo vio.

Los ojos de Mateo se abrieron al descubrir la maceta en una mano, el cincel en la otra, la sangre en su túnica. Y a punto estuvieron de caérsele al suelo cuando se toparon con la talla del apóstol. Como si hubiera estado cubierta con un lienzo y alguien hubiera tirado de una esquina.

Mateo se sorprendió al ver allí al Zebedeo, salpicado de sangre.

No sabía qué había hecho. Cómo lo había hecho.

Estaba perdido.

Gundisalvo cogió la maceta y el cincel, los abandonó en el cepo, con el resto de herramientas, y una concha. Y volvió a sujetar a Mateo por los hombros, tuvo la certeza de que estaba a punto de derrumbarse.

—¡Muchacho!

Nada.

—Xilón!!

Fue entonces cuando el corro se abrió y llegó la orden. Estalló como un trueno.