XI
Nadie intervenía. No se atrevían. Se les veía la intención. Y no se atrevían.
Sabía a sacrilegio. Como una risotada durante una homilía sobre castidad.
Miraban embobados.
El cincel mordía la piedra.
Y no podían hacer otra cosa que mirar. Sisnando maldecía por lo bajo, royendo blasfemias, pero con los ojos fijos en la talla, sin hurgarse sus cochambrosas guedejas.
Y el asturiano, de tanto en tanto, rezaba una avemaría, por puro impulso, como el borracho que echa un trago, y tampoco apartaba los ojos.
El único que se movía era el vizcaíno, que negaba.
Sacudía el mentón, incapaz de creer lo que Mateo había hecho en una sola noche.
Los dos borgoñones rezaban en su lengua.
El cincel mordía la piedra.
Clanc, clanc.
La maceta lo llenaba todo. Hasta los gatos del taller miraban. Sin atusarse los bigotes, sin lamerse las patas.
Ni los gatos ni los hombres. No se atrevían a romperlo. Aquello, lo que fuese. Pero ninguno de los arxinas se atrevía.
Clanc.
El ritmo de Mateo no variaba. Y no le hacía falta cantar. La maceta golpeaba sin pausas.
Clanc.
Tenía que llevar horas trabajando, sin detenerse siquiera a respirar. Y tampoco iba a hacerlo.
Clanc, clanc.
Parecía dispuesto a acabar la talla del apóstol. Aunque pasase el día. Y la noche, y el día siguiente. Y el siguiente.
Clanc.
Tuvo que ser el único que tenía el cuajo y los años. Gundisalvo se acercó, alzó la mano de nudillos hinchados y practicó.
Clanc.
Acompañó los arcos de la maceta, acompasó su brazo al de Mateo y atrapó la muñeca del oficial en el clímax del recorrido, justo antes de bajar de nuevo.
Silencio.
Y el silencio sonó aún más fuerte que el hierro.
Y por el espinazo del Avemaría reptó un escalofrío. Y Sisnando dejó la maldición a medias, se le escapó el piojo que tenía en el borde mismo de la uña de su pulgar. Y el vizcaíno detuvo su mentón.
Los borgoñones se santiguaron. También Malaquías.
Y una gota de sangre salió despedida.
Cayó en la frente del que tenía que ser Santiago apóstol, el Mayor, el hermano de Juan, uno de los Hijos del Trueno. El Boanerges.
—¡Por el coño de la Magdalena!
Fue como si Mateo despertase.
—¡¿Muchacho?!
Parpadeó, ocultando por un momento aquellos ojos, uno de cada color.
—Xilón!?
El viejo Gundisalvo lo agarró por los hombros y lo sacudió.
—Me cago en la puta, ¡muchacho!