Suseia (Camino de Santiago 2) X
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Mateo no los vio. Sus ojos, uno de cada color, se clavaban en la piedra como el cincel. Mordían el granito, avariciosos. Querían deshacerse de lo que sobraba.

Lo veía claro.

Como nunca antes.

Jamás había tenido esa certeza.

No necesitaba mirar a aquel demonio. No tenía que robar la inspiración de Triboulet.

Detrás de él, ajeno a los aspavientos, las voces o las jaculatorias del Avemaría, el corro de canteros se desparramaba y, detrás de ellos, aquel demonio arrastrando a aquel desgraciado y, aún más atrás, el capitel con hojas de acanto.

Estaba en uno de los bloques de las canteras, en uno abierto por la helada. Y había trabajado toda la noche.

Aun así, era difícil de explicar.

Allí, a su lado, chantados en barriles de arena, humeaban los restos de los hachones. No se había molestado en apartarlos. No había tenido tiempo.

Pasaba un carpintero que había venido a hablar de unas cimbras, y se unió al corro. Llegó Cirilo, para ofrecer sus tortas. Y también dos frades de Antealtares de camino a los despachos del arzobispo. Todos se quedaron pegados, como moscas a la miel.

Hasta dos chicuelos que corrían tras un perro para hacerle alguna cafrada. Sucios, con los mocos colgando. Uno de ellos tenía el labio deformado, abierto como el de una liebre. El otro lucía orgulloso un ojo morado. Pilluelos de la ciudad.

También se quedaron allí. Atorados.

La maceta subía y bajaba. El cincel mordía la piedra.

Y la sangre salpicaba.