IX
La maceta subía y bajaba. Golpeaba con la cadencia de la experiencia, con una tonada que era el cantar de los arxinas, de los buenos, los veteranos.
El cincel golpeaba. Se movía. Golpeaba. Se inclinaba. Volvía a golpear. Sin una sola duda.
Y el rostro, el rostro cobraba vida.
Era él, tenía que ser él. Bondadoso, ofrecido, dispuesto a recibir a los peregrinos.
—¡Virgen Santa! ¡Es el apóstol!
Lo había gritado Juanillo. Y todo el corro se cubrió de murmullos. Más de uno hizo la señal de la cruz. Y al asturiano se le atragantó una avemaría.
—¡Es Santiago! —gritó el Sinsombra.
Y tenía razón. No podía ser otro.
Sedente, con una mano más alta que otra, quizá sosteniendo algo. Los hombros, la cadera, sólo se insinuaban, faltaba mucho trabajo. Pero el rostro, el rostro...
Y aún no se había pulido, aún tenía las cicatrices del cincel y, pese a todo, era un rostro que acercaba la fe al descreído.