Suseia (Camino de Santiago 2) VIII
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VIII

Por todos los rincones de la ciudad, de boca de peregrinos en especial, podían oírse milagros. En especial los atribuidos al Zebedeo, siempre dispuesto a ayudar al piadoso que moría de camino a su santuario.

Se sabía de un germano que peregrinaba con su padre y había sido acusado de robo en falso por una muchacha desairada. Después de ahorcado, había vuelto a la vida en Santo Domingo de la Calzada.

Y también de un lombardo que, al enfermar de muerte, había sido abandonado por sus compañeros y rescatado por el propio Santiago. El apóstol lo trajo a lomos de su caballo blanco hasta Compostela para visitar las reliquias bajo la catedral antes de espirar su último aliento.

Había muchos. Tantos que alguno debía ser cierto.

Y lo que sucedió esa mañana en los talleres de la catedral pasó pronto a formar parte de aquella seguidilla.

Se contaría durante generaciones.

Y los más devotos, para que nadie fuera a sacarle punta a la historia, no mencionarían la sangre.