VII
Se formó un corro alrededor de Mateo. Los que llegaban, entre bostezos y palmadas para sacudirse el frío, uno a uno, se apelotonaron como un enjambre.
Y no hubo más bostezos.
Ni bromas a la parienta. Ni comentarios sobre si la noche había terminado en la mancebía de la Juana.
Todos miraban, embelesados. Incrédulos.
Juanillo tenía la boca tan abierta que, de haberlo visto los otros, algún alma caritativa le hubiera echado la mano al mentón, no se le fuera a caer la quijada al pobre muchacho.
Se acercó tanto el esportillero que, en su mejilla, todavía sin sombra de barba, se estampó una gota de sangre.