Suseia (Camino de Santiago 2) VI
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Amanecía. La helada terminaba su trabajo y, como cada día, como todos los días, cuando el viejo Gundisalvo, el xebo, entró en los talleres, su oficial ya estaba allí.

El viejo siempre empezaba el día temprano.

Apenas dormía, se despertaba con el vuelo de una mosca, y arrancar le costaba horrores.

Entre otros asuntos, como hacer entrar en calor a sus nudillos con friegas de aceite de enebro, necesitaba tres padrenuestros para convencer a lo que tantas veces le había enseñado orgulloso a la Juana para que le ayudase a vaciar la vejiga.

Orinar se había vuelto un suplicio. Un viacrucis lento, intermitente y, a menudo, doloroso.

Aun así, nunca era el último en llegar a los talleres.

A solas, por las noches, usaba un bastón sacado de una de las cimbras de los arcos y, por las mañanas, lo echaba de menos, pero moriría antes de dejar que los otros lo viesen así, lisiado.

Caminó, despacio, sorteando los puestos, cotilleando la chapuza del lameculos de Sisnando, hasta el oficial.

Muchos en las obras le tenían rencor. Era fácil. El padre ya no estaba allí para culparlo. Aunque no el viejo Gundisalvo. A Gundisalvo le gustaba el joven oficial.

Aun así, iba a cagarse en sus muertos por haberse ausentado ayer.

Iba a soltar una blasfemia, un escupitajo, y a fingirse enfadado.

Con la edad, se había acomodado a la idea de planear casi cualquier cosa por anticipado, especialmente cuando, a la mierda el Señor y todos sus ángeles, mear podía necesitar de dos kirieleisón y una avemaría.

Abrió la boca, sintió el sabor de la blasfemia, ácido, rencoroso, con regusto a satisfacción.

Y al ver la sangre se calló.

Mateo, el oficial, no estaba en su puesto.