V
Allí estaba. Jamás lo olvidaría. Y a los cuervos tampoco. Imposible.
De pronto se volvió un mocoso. Mateo encogió. Los andamios crecieron.
Allí, donde no cabía duda, a treinta varas del suelo, frente a sus ojos. Allí estaba.
Discordia.
También aquel sonido de las cuerdas del organistro. Allí, colgado. Retratado por el resplandor de la luna. Desdibujado por las llamas de los hachones.
Su padre.
Oh, discordia.
La melodía se hacía reconocible. La misma de la noche anterior. Pero allí no había quien la tocase.
Era su padre. Colgando. Como había colgado de la horca.
Y los cuervos aleteaban. Graznaban, brincaban. Se enfadaban los unos con los otros. Se disputaban los ojos.
Oía los abucheos. Los insultos. Los golpes de aquella pescadera.
Mateo se sintió pequeño. Buscaba con su mano. La mano de un niño, uno pequeño, de nudillos hundidos, con la silueta de una estrella de mar.
Buscaba a su madre.
Fue una sombra, sólo una sombra, pero Mateo moriría convencido de que allá arriba, donde uno se jugaba la vida a treinta varas de altura, su padre se bamboleaba con el dogal al cuello.
Fue más que un recuerdo. Lo sintió escarbar debajo de la piel, como la sarna.
Aquella sombra de allí arriba, por un instante, se había ahogado con la soga al pescuezo, tenía abultada la entrepierna, y el rostro roto.
Por un instante fue un ahorcado. Su padre.
El que había avergonzado a los arxinas.
Asustado. Indefenso, apretando los ojos para no llorar. Un niño de nuevo. Con el pelo revuelto y la manía de soplarse el flequillo. Un niño que aún, sólo aún, tenía los ojos azules, como los encajes de hielo en los bloques, de un azul intenso.
Los dos de azul intenso.