Suseia (Camino de Santiago 2) IV
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IV

Triboulet. Así le habían llamado.

Y allí, sobre el cepo seguía su maceta.

Mateo pasó de largo. Vagabundeó entre los bloques. Habían llegado tres nuevos, de grano fino. Y el viejo Gundisalvo se había hecho cargo.

Incluso habría hablado con Sancho para que vigilase el temple de los fierros. O, siendo el xebo como era, en lugar de hablar habría soltado tres berridos.

Los bloques y las cuñas de castaño esperaban la helada.

Aunque no hacía falta, Mateo toqueteó algunas cuñas.

También echó agua en otras. Y tampoco les hacía falta.

Y, con tal de no volver a su puesto, repasó los demás, con ojo crítico de maese, calculando su posición en la obra que, como un esqueleto saliendo de la tumba y sujetándose a la lápida, envuelta en andamios, sogas y grúas, brotaba junto a los talleres.

Un armazón que llevaba un siglo creciendo y que se aferraba al ábside y al transepto gracias a la magia de los canteros.

Tenían que rematar la nave principal, hacer crecer el templo hacia el occidente y salvar aquel maldito socavón.

El vizcaíno iba bien con otro de los capiteles de acanto que tanto gustaban al maestro Verrondo. Según él, los había visto en Roma, cuando había peregrinado hasta San Juan de Letrán.

Mateo no sabía si los viajes del maese eran ciertos o no. Pero acordarse le trajo la visita de aquel Bautista de ropas empapadas. Y abandonó el puesto del vizcaíno con una carrerilla.

El piojoso Sisnando llevaba retraso. Una vez más.

Pedía las piezas más difíciles, las que falseaban el escuadro, pero nunca estaba a la altura.

Labraba un cordero para rematar una crucería.

Y a Mateo le parecía más bien uno de aquellos chuchos que mendigaban por las callejuelas al norte de la ciudad.

El viejo Gundisalvo entorchaba una columna, y su trabajo era impecable, sin una falta, pero el viejo jamás podría tallar a uno de los apóstoles.

Sabía marcar las curvas con la regla como ningún otro, entendía los tres quintos para repartir un arco, pero no tenía fuego para darle vida a la piedra.

Ésa y no su vicio por lo que la Juana tenía entre las piernas había sido la zancadilla que hiciera tropezar su maestría.

El del asturiano, el de Gutierre, el de aquel grandote que decía haber trabajado en Carboeiro, Malaquías, que juraba y perjuraba que era cierto, que la Ponte do Demo había aparecido de la noche a la mañana sobre las cantarinas aguas del río Deza.

Lo del Sinsombra.

Asintiendo, pellizcándose el labio, caminando tras el vaho que dejaba su aliento en la noche, Mateo deambuló por los puestos hasta tropezar con una cesta que Juanillo había olvidado fuera de sitio.

A punto estuvo de caer y, pese a ser un oficial, pese a que no era su trabajo, llevó la cesta hasta el montón de capazos amontonados en la esquina sudoeste del crucero.

Lo que fuera menos regresar a su puesto.

Incluso enrolló trapos embreados en los hachones, aunque tenían suficientes para mediar los gallos. Aunque la luna, casi llena, arrojaba luz para manejarse en los talleres.

Hizo cuanto se le ocurrió. Pero lo que más hizo fue mentirse. Mentirse cada vez que echaba un reojo y se prometía que no la cogería.

—Es imposible —murmuraba.

No había quien le escuchase. O sí. Los gatos.

Se había vuelto un niño, o un loco. Y no aceptaba que, en cada uno de esos reojos, el corazón le daba un vuelco.

El cepo de las herramientas, el cepo donde, además, guardaba su pasado.

—¡Mienten!

Volvió a tropezar, esta vez con un cascote entre las hileras de bloques.

—Esqueiran!

Sólo escuchaban los gatos del taller.

Y juró que no. Negó más que Pedro antes del gallo.

Mentiras.

Discordia.

Una sombra se escurrió a sus espaldas. Y se quedó sin aliento, hasta caer en la cuenta de que era uno de los gatos.

Acabó en su puesto. Junto al cepo.

—Triboulet.

El nombre se escapó entre sus labios mientras alzaba la mano. Y sus ojos, uno de cada color, miraban a aquel demonio que arrastraba a aquel desgraciado a los infiernos.

El frío cortaba. En la cara norte de las piedras el hielo tejía un moho blanquecino.

El primero de los bloques se rajó. Una ventolina hizo temblar los hachones. Las sogas en las poleas gimieron como si los talleres fuesen un barco a la deriva.

Y otra sombra a su espalda le hizo volverse. Y mirar arriba.

Allí estaba. A treinta varas del suelo.