Suseia (Camino de Santiago 2) II
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II

Terminado estaba. Hasta que el dolor y el cansancio le dieron una bofetada a la rabia.

Y Mateo recapacitó.

Y si Verrondo mandaba buscarlo. Y si convencía al arzobispo para que diera la orden.

No eran los tiempos de Gelmírez, no tenía un ejército, pero Suero contaba con más de cien hombres, armados y veteranos.

Algunos habían luchado en Toledo. Incluso en Badajoz contra los moros.

El capitán, un fronterizo revenido al que le faltaba una oreja, había rendido Almería antes de que volviera a manos moras.

Y si le pasaba algo al pequeño.

Sería su culpa.

La determinación de Mateo flaqueó. Ya no lanzaba mordiscos a la torta. Ya no pisaba con tanta fuerza.

Se detuvo en medio de la Rúa Maior.

Un curtidor con un hato de pieles tuvo que esquivarlo, y dejó maldiciones que iban mucho más allá del padre de Mateo. Pasó un carro, con el lamento de su eje, cargado de estiércol de los establos de San Martín Pinario y, con cada bache, un cagajón de caballo caía y se estampaba en el suelo.

El sol brillaba, aunque el frío de la noche seguía pegado a Compostela. Se veían gorros, mantos, capas.

Cruzaron también dos peregrinos que habían entrado por la Puerta del Camino, pero que no hablaban la lengua de los francos, sino algo seco y rudo, norteño.

Y Mateo no se movió.

Saldría mal parado. Si se quedaba. Si se iba.

Saldría mal parado.