XVI
Había sido la desesperación.
La casa. Los vestidos. Los regalos cuando Isabel tenía algo que celebrar. Y que no le faltase nada al pequeño.
Mateo era el primero en llegar y el último en abandonar los talleres. Pero su salario no alcanzaba.
Y la desesperación le había llevado a preguntar. Por las obras pasaban gentes de toda condición. Siempre había peregrinos pululando.
Un cristiano no podía prestar dinero si cobraba interés, así lo condenaban las Escrituras. Sin embargo, los judíos no tenían ese prejuicio. En la ley que los rabinos enseñaban se pintaba de grises el Viejo Testamento.
Los hebreos tenían prohibido hacerlo entre sí. Pero nada en sus seiscientos mandamientos les impedía emprestar a los no elegidos, los que desoían el pacto de Abraham y no circuncidaban a sus hijos.
Algunos eran buena gente, con un negocio honrado.
A veces el único posible. Los fueros del rey Fernando, o los de su padre, no se lo habían puesto fácil.
Y no era fácil ser judío en Galicia, León o Castilla.
Tampoco en Aragón. Las juderías no contaban con hombres suficientes para sus ritos.
No conseguían comida que respetase sus costumbres.
Y, cuando no cosechaban lo crecido en las lindes de sus cultivos, como ordenaba la ley de Moisés, siempre aparecía algún cristiano que esquilmaba sus campos.
Nathanael no era de ésos. Que vivían y dejaban vivir.
Nathanael era de los otros. Avaros con más aprecio al oro que a la vida.
Nathanael era de los que prestaban a moros, sarracenos y agarenos.
A cristianos, castellanos y maños. De Zamora a Sahagún, de Compostela a Estella, y al sur del Guadiana.
Incluso sin avales. Pero con la certeza de que, de un modo u otro, cobraría.
En Compostela, si a uno le ahogaba la desesperación, acudía a Nathanael. Y si el ahogado tenía la ocurrencia de no pagar, Nathanael enviaba a sus perros. Al tuerto de la cara marcada y al de la pata estropeada.
Y sus perros sabían lo que hacían.
No le estropearon las manos. Tampoco los ojos, uno de cada color. Y lo dejaron presentable, para que no brincasen preguntas incómodas.
Castigaron los riñones, las costillas. Y se ensañaron donde los muslos pierden el nombre para convertirse en posaderas. Allí, donde el nervio se resiente al cargar peso.
Un cantero podía trabajar cojo.
No dijeron una sola palabra. No hacía falta.
Antes de irse, el tuerto le dio una única advertencia. Le sujetó el mentón dolorido. Y puso su puñal a un pelo del ojo. De aquel que era más oscuro. Tan cerca que Mateo sintió en la mejilla el frío del acero.
Habían usado las manos. La siguiente, el hierro daría el discurso. Y ellos seguirían sin hablar.
Lo dejaron allí tirado, donde los meos de gato y la muela.