XV
Olía a meos de gato, a humedad y a algo podrido. Así olía uno más de los callejones, trastiendas y recovecos de Compostela, y los hombres de Nathanael lo tenían de mano.
Mateo no era el primero al que llevaban hasta allí, a oler meos de gato.
Cantero, hasta la médula, primero pensó en un trozo de mármol, un guijarro escupido por el cincel. Pero se equivocó. Era obra de un puño. Era una muela.
No, Mateo no era al primero al que llevaban a aquel callejón.
Cirilo había intentado ayudar. Se habría encarado de no ser porque Mateo le había ordenado dar un paso atrás.
Y, cuando se lo llevaron, Cirilo hizo lo único que podía hacer por su antiguo oficial.
—Estuvo dibujando ahí mismo —señaló a la entrada de la casa—, y luego marchó hacia San Paio.
El alivio de Mateo no compensó la rabia. Cómo había podido Aldonza hacer algo así.
Le sacudieron el primer puñetazo.
Seco. Duro. Con años de práctica.
Fue el tuerto de la cicatriz, que era la voz cantante, aunque no abriese la boca. Ninguno de los dos hombres de Nathanael lo hizo, no hacía falta hablar.
Además, al de la cicatriz, que respondía por el apellido de Lamas y del que nadie sabía el nombre, no le gustaba hablar, aquel tajo que lo dejara tuerto le había roto la boca y se había llevado de regalo cuatro dientes y dos pedazos.
Las raíces de aquellos dos pedazos las había sacado un herrero con tenazas para clavos de herradura, y algo se le había infectado.
Una historia demasiado larga. Concluía con Lamas escupiendo salivazos cuando hablaba con otra cosa que no fueran los puños o el hierro de su cintura.
Pero no hacían falta presentaciones. Tampoco explicaciones. Los dos jaques se despacharon a gusto. Sin una palabra.
Su negocio era sencillo. Y sabían hacerlo.