XIV
Sacudió el aro que accionaba el pasador de la cerradura, y no consiguió otra cosa que armar un escándalo.
No entendía.
Apenas había amanecido. El pequeño no tenía que estar con los frades hasta después de maitines.
No tenía la llave, nunca la usaba, sólo para salir cada mañana.
—Salieron...
Poco le faltó a Mateo para tragarse la lengua. Y, cuando se dio la vuelta, se encontró al manco Cirilo.
—Hace cinco credos —le dijo con una sonrisa franca.
Y, además de la información, le tendía una de sus tortas, que parecía una hogaza atropellada por uno de los carros de las canteras.
A Cirilo se le apagó la sonrisa al ver las ojeras y el rostro demacrado. La sangre. Pero era un tipo vivaracho que se las bastaba para amasar con una mano. Volvió a sonreír, aunque esa nueva sonrisa tuviera colores distintos.
—Yo volvía de la tahona... Aprovecha, come, aún está caliente —insistió—. Volvía de la tahona con el carro lleno y los vi salir.
Mateo recogió la torta de la mano pegoteada de masa.
—¿A dónde? —logró preguntar, confuso, mareado.
Cirilo se encogió de hombros, y fue un gesto extraño por culpa del brazo que le faltaba.
—Con su hermana y ese gordinflas relamido. Parecían una caravana mora, todo sedas y brocados, caballos y hasta mulas. Y la berciana que tiene aturando a esos críos del demonio... ¡Malditos zagales! Me largaron dos pedradas.
Animoso, con alguna broma guardada en los carrillos, Cirilo calló. Algo más le quedaba por decir, pero él mismo había decidido tirar de las riendas.
Y Mateo lo conocía.
—¿Qué?
El manco humilló el rostro, y continuó como si le estuvieran sacando una espina clavada entre la uña y la carne.
—También estaba ese rufeiro —lamentó el antiguo cantero.
—¿El pelirrojo?
El inglés, el socio con el que su cuñado mantenía el negocio de vinos y sardinas. Que siempre presumía de que su abuelo había cabalgado con el mismísimo Guillermo el Conquistador.
Isabel y el repeinado los habían invitado a su lujosa casa en el barrio de los orfebres. Querían celebrar la llegada de un gran cargamento. Y aquel inglés estaba allí. Y los dos socios tuvieron ocasión de presumir, de explayarse. De reír haciendo rebotar sus barrigones llenos de prosperidad.
Mateo se había sentido incómodo desde el mismo momento en que cruzó el enorme portalón labrado. Lo suyo eran las piedras, no la gente. Menos aún la gente vestida con fortunas que no hablaba de otra cosa que de cómo hacer medrar esas fortunas.
Y el tal Canuto le importaba una higa a Mateo.
Él, sus sedas, sus negocios o la enorme perla que llevaba en la oreja para presumir de que también comerciaba con los venecianos, que eran quienes traían especias del Oriente.
Lo que sí le importó fue que, entre las bandejas con pasas de Corinto, aceitunas de Creta y lampreas del Ulla, aquel condenado pelirrojo, con total descaro, se había metido donde no le llamaban.
—Muy sonriente ese rufeiro —dijo Cirilo, como si las palabras le quemasen los labios—. Tal que aprendiz con gorro de maese.
Mateo resopló sus cabellos rebeldes.
El condenado inglés, mientras los músicos tocaban en el gigantesco patio de la mansión de su cuñado. El condenado inglés con su condenada sonrisa.
Y era a Aldonza a quien le había sonreído. A quien le había hablado de negocios y de la casa que pensaba comprar en Compostela.
El manco advirtió el mohín en la boca de su antiguo oficial. Más aún, los dos soplidos que le echó al flequillo.
Y, como siempre, Cirilo tuvo que decir algo más. Con buena intención, la misma que había usado toda su vida, pero con el tino de un borracho, el mismo que había tenido toda su vida.
—No está bien que un arxina le tiente los piedros a otro —dejó escapar un silbido—. Dos arxinas para un solo piedro...
Cirilo se asustó de haberlo dicho. Pero no pudo enmendarse.
—¿Y el niño? ¿Lo has visto?
El manco no pudo responder.
Tan enfrascados estaban que no se dieron cuenta de que, tras ellos, se acercaban dos bigardos malcarados.
La pinta los hacía inconfundibles. Apestaban a desertores. Escaldados de pelear con los castellanos en aquel desaguisado de Tierra de Campos.
Uno de ellos, tuerto, tenía una cicatriz que le partía la ceja y bajaba hasta la mejilla. Al otro le faltaba el meñique de la mano izquierda. Y los dos cargaban hierro al cinto.
Cirilo no sabía sus nombres, Mateo no sabía sus nombres. Pero no los necesitaban. Ya los conocían. Eran el hambre y la peste.
Eran hombres de Nathanael.