XIII
Tenía que verla. A los dos. Saber que estaban bien.
Ni siquiera saludó a Cirilo, que estaba en su puesto, vendiendo las tortas con las que se escondía del hambre desde el accidente en los talleres.
Compraba harina barata, con mucho salvado, conseguía amasarla con una sola mano y el hijo de otro de los canteros, que había casado con una tahonera, le permitía usar el calor que aguantaba en el horno durante el día.
Mateo, siempre que podía, le compraba una de aquellas tortas, que salían duras, con arenas, amargas por el salvado. Cirilo había sido uno de sus hombres al poco de que lo nombrasen oficial.
Y, nadie podía reprocharle lo sucedido, pero Mateo las compraba.
Sin embargo, como el día anterior, Mateo volvió a saltarse su costumbre.
Quería llegar a casa. Sin otra cosa que su propia saliva, frotaba frenético la pequeña concha. Intentaba limpiar la sangre. Tenía que dársela a su pequeño.
Pero no pudo abrir la puerta.
La casa estaba cerrada.