XII
La maceta de Triboulet. Estaba allí, en el cepo. Con el mango bañado en sangre. Su sangre.
La cuadrilla, con un último empellón, levantó el bloque y lo colocó sobre cuñas nuevas. El granito asentó con un golpe sordo y un coro de resoplidos que el frío convirtió en niebla.
—¿Qué fixen? —murmuró Mateo.
Espantado, se echó atrás. Pisó al viejo Gundisalvo. Y no lo escuchó protestar.
—Marcho —le espetó al xebo con urgencia.
El viejo no tuvo ocasión de preguntar. Su oficial lo dejó allí plantado.
Y, tras el rosario de miradas extrañadas que barrió el taller, Juanillo se acercó.
—¿A dónde va Mateo? Por la Virgen, ¿qué pasa? ¿Vuelve el maestro? ¿Vieron ya al rey?
Gundisalvo chistó. Se limpió las barbas con el dorso de la mano. Y, mirando a las espaldas de Mateo, contestó:
—¡Se va a la mierda...!
Volvió a chistar y, ante el espanto del esportillero, puso una de sus viejas manos en el hombro del muchacho.
—Si me haces de lazarillo —soltó con retranca—, podemos pedir limosna en la Puerta del Paraíso. Siempre habrá un imbécil que nos eche una moneda.