XI
Lo escuchó. Lejos. Extraño. Faltaban notas. El lamento inconfundible de las cuerdas, hondo, como si partiese la niebla.
Y una cuadrilla pasó de largo para arremolinarse junto al bloque que la helada había tumbado. Se sacudían el frío de la mañana frotándose los hombros, pisando con fuerza, llevaban largas palancas de hierro para moverlo. Le gritaban a los de la grúa de rueda.
El día comenzaba en el taller.
Y Mateo escuchó al viejo. Lejos.
Parpadeó. Miró en derredor, inseguro. Como un tartamudo al comenzar una frase.
No le contestó al viejo Gundisalvo. Sopló los rebeldes mechones que le caían por el rostro.
La cuadrilla, con las palancas, gruñía por los esfuerzos, otro de los oficiales contaba en voz alta. Marcaba el ritmo de cada empujón.
Las obras continuaban y, después de parpadear, de tragar aire como si saliera de una zambullida, Mateo vio, y tuvo que verlo para entender que así era, su puño, cerrado.
Lo abrió.
Y dentro, envuelta en sangre, la concha.
Por un momento, sólo por un momento, el alivio fue completo. Se sintió liberado. Más ligero. Logró tragar.
Hasta que descubrió, bajo la concha, el tajo que había hecho la esquirla. Lo vio y no quiso creerlo. No podía ser. Pero necesitaría un vendaje.
No podía ser cierto. Incluso negó sacudiendo el mentón. Convencido. No había sucedido.
Hasta que volvió a mirar.
Estaba allí.