Suseia (Camino de Santiago 2) X
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Los perros callaron. La niebla se agarró a las piedras, cargadas de helada y, con el amanecer, llegaron los canteros.

Algunos tenían sus casas, otros dormían en un barracón en el extremo de los talleres, Juanillo lo hacía donde podía.

Llegaron, y a nadie le extrañó que allí, en su puesto, estuviese Mateo, que siempre era el primero en llegar y el último en irse.

Poco a poco, llenaron los talleres. Y el martillo de Sancho, que esa noche no se había dedicado a la sidra, empezó a golpear el yunque. Se prendieron más hogueras. Se oyeron las primeras bromas.

—¿Dormiste caliente?

Risas.

—Vai ghichar.

Los sogueros mazaban el esparto. Llegó un carro con cal de Triacastela. Y el boyero habló con los herradores para que echaran un vistazo a las bestias.

Ya no había música. Ya no tañían las tres cuerdas del organistro. Ya no estaban el joven y el anciano. Acaz y Acab.

Sí estaba el viejo. El viejo Gundisalvo llegó cargado con su reuma. Y se puso tras Mateo.

—Si vuelve hoy, ¡cagüen en las faldas de la Virgen!, parla con él, carajo.