IX
Una promesa. Envuelta en aquella melodía que rayaba la locura. Un pacto.
Entonces Mateo la vio.
Estaban sus punteros, sus cinceles, incluso los de aprendiz, para escafilar los cantos de los sillares, lo primero que Remigio le enseñara.
Remigio que había amado a su padre antes de odiarlo.
Remigio, el único que le había dado una oportunidad. El que le había enseñado a hacer las cuentas, a calcular los tercios y los quintos. A leer y a escribir.
—No esculpes a personas, esculpes la palabra de Dios, ¡debes conocerla! Y los demás la conocerán.
Remigio, que se persignaba siempre después de estornudar.
Aquel cincel plano y con dientes, para escafilar las aristas de los sillares, aquél se lo había dado maese Remigio el primer día.
Mateo había reunido el valor, se había cansado de pedir limosna, de escuchar a hurtadillas a los contrabandistas de reliquias, de engañar al hambre.
No quería robar para comer. No quería dormir con los peregrinos hacinados en la catedral, a veces, alguno buscaba los nudos del cordón que sujetaba sus calzones.
Y Mateo se había presentado en las obras, con vergüenza, bajo la sombra de su padre. El que había cometido el pecado imperdonable. El cantero que había ignorado la ley de la piedra.
Remigio ni siquiera abrió la boca. Le puso aquel cincel, plano, con dientes, en una mano que aún no tenía callos.
Y estaba allí, en el cepo, aquel cincel para escafilar. Y sus martillos. Y su maceta. Y la de Triboulet.
La de Triboulet. La que había tallado aquel demonio.
Y también la concha.
Mateo retiró la mano, como un animalillo que hubiera metido la zarpa en un cepo.
Mateo dudó.
Intentó decir que no. Quiso irse. Recogió de nuevo las dos manos sobre el pecho.
Y la melodía subió de volumen. Y las palabras del joven y el anciano se convirtieron en gritos.
Podía hacerse. Verrondo estaba equivocado. Podía hacerse. No era imposible.
Podía verla. Su catedral.
Al occidente tres alturas, al oriente dos.
Y entre ambos un coro. Llenando la nave de su catedral.
Un coro de piedra hecha vida. Un coro de profetas, profetas listos para echarse a caminar.
Vivos, más que el Bautista de los paños mojados.
Mejores. Con los rostros que Mateo había ahorrado.
Allí estaba Gundisalvo. Y maese Remigio, con su mano lastimada, a punto de reñir, convertido en un Elías apocalíptico.
Y la dureza del arzobispo Suero transformada en Enoch.
Y Aldonza, Aldonza cuando se amaban, Aldonza cuando sonreía.
El trabajo de una vida sometido a la ley de la piedra.
Sacudiendo el mentón, negando. Pero estiró la mano.
Discordia.
Los perros ladraban. Amanecía. La música se clavaba en sus huesos. Agujas. Afiladas. Finas como vértigo. Agujas que hurgaban en cada articulación.
Y la catedral, su catedral, desapareció. Allí estaba la maceta de Triboulet.
—Tus piedras jamás morirán...
—... recordarán tus piedras.
Y uno de los gatos del taller saltó entre los cascotes, y unos cuantos gorriones alzaron el vuelo.
Crujió otro bloque. El granito se rajó de un extremo al otro. Y una mitad, mal asentada en los calzos, se derrumbó. Cayó con estruendo, con un temblor que ascendió desde los pies de Mateo hasta sus ojos, uno de cada color.
Y Mateo cerró el puño sobre el cepo de sus herramientas.
Discordia.
Oh, discordia.