VIII
Los perros ladraban en la noche helada.
Y el arzobispo Suero se acercó al ventanal de sus habitaciones. Abrió, incluso las pesadas contraventanas, pero no vio otra cosa que la helada, un paño ceniciento que palpitaba sobre las piedras de la ciudad.
No podía dormir.
Ni siquiera con el cansancio del viaje encima. Y allí, sobre una silla, arrugado y sucio, apestando a caballo, aún seguía el gambesón que había usado en la cabalgada.
No dormía demasiado. Había siempre tanto por hacer. O quizás eran las deudas. Compostela debía dineros a la Corona desde los tiempos de la emperatriz Urraca, la reina se había tomado su revancha por las revueltas que a punto estuvieran de costarle la vida.
Aquél había sido el comienzo y sus antecesores habían mantenido los lujos pasados, y los habían pagado gracias a nuevas deudas que engordaban las viejas.
Suero tiritó y, con los antebrazos igual que gallinas desplumadas, cerró.
Su mano, recia, tocó los vidrios de la ventana. Y, asomó a sus labios una sonrisa que remendó el hoyuelo de su mentón. Una sonrisa triste, cínica.
—¿Qué necesidad tenía?
A solas, hablaba en voz alta. Hacía preguntas. Y no esperaba respuestas. A solas no era el mismo. No ordenaba. No imponía su voluntad.
A solas, hablaba con Dios.
Su camisón tenía tres remiendos y cuatro zurcidos y, tal y como la había pasado por el vidrio, pasó la mano por las maderas labradas del reclinatorio, en el que había rezado hasta que los ladridos incitaron su curiosidad.
Y aquel hoyuelo suyo también tiritó.
—¿Para qué?
El reclinatorio. Y el retablo bizantino que tenía enfrente. De la mejor orfebrería del valle del Mosa. Oro en hilos finos de araña tejedora, y un centro de astillas de la Veracruz.
Suero prefería su sencillo crucifijo de madera.
Se arrodilló de nuevo en el reclinatorio y miró hacia los vidrios, las molduras, aquel retablo que, incluso bajo una única vela, brillaba como la misma Vía Láctea sobre la noche de Compostela.
—¿Qué falta hacía?
Abrió las manos y se lo preguntó al crucifijo.
Era la cruz de un carpintero. Dos vástagos. Dos listones de roble ahumado. Sobados por miles de oraciones. Sin un cristo. Sin cartela siquiera. Dos palos cruzados. Nada más.
El arzobispo la acunaba entre sus manos. Ignoraba las columnas afrancesadas, el suelo de castaño, las pinturas.
Afuera, los perros volvieron a ladrar.
Suero rezó.
Rezaba paternóster, kirieleisón y credos. Avemarías también. Pero, la mayor parte del tiempo, hablaba con Dios. Y a Dios no le espetaba órdenes inapelables.
—¿Aceptará el rey?
La cruz no contestó. Tampoco el lujoso relicario.
—¿Qué será de mí si tenemos que parar los trabajos?
Las palabras temblaban de agonía.
—Ayúdame, Señor, ayuda a tu siervo. Sabes que lo que pido es justo. ¿No he sufrido ya penitencias suficientes?
Suspiró en un arrebato.
—¿No merezco tu misericordia?
Los ojos cerrados. El hoyuelo fruncido.
—¿No he obrado como debiera?
Había fervor.
—¿No he sido, Señor, tu instrumento?