VII
Otro de los bloques se rajó. Rompió la noche con su lamento de piedra. Y, como si hubiera sido una señal, el joven volvió a accionar la manivela del organistro.
Y los dedos del anciano danzaron de nuevo en el teclado.
Aquella melodía endiablaba regresó. Y sonó como una promesa a punto de cumplirse. Seductora. Más llena aún. Más alta. Más.
Bajo la gasa de la helada, asomó la primera claridad. La noche terminaba y el frío apretaba. Era el final de la madrugada, cuando la helada cobraba impulso. La hora más fría.
Se abrieron dos bloques más. Los crujidos acompañaron al organistro. Era la armonía de la locura.
No había una nota desafinada. Y sonaba a discordia.
—Temes convertirte en tu padre —dijo Acab.
—Temes fallarle a tu hijo —remató Acaz.
Discordia.
Fue una puñalada. La sombra del fracaso, melaza espesa de la que llevaba una vida queriendo escapar. La sombra de su padre. Las diecinueve sombras.
La helada amenazaba con partirle los huesos. La música partía el aire, lo rompía como vidrio.
Aquel perro volvió a ladrar, y se le unió otro más. Y encajes de niebla se enredaron en las piedras mientras el amanecer abochornaba a la ciudad.
Las notas subían vertiginosamente, las notas caían al vacío.
La música y la niebla cobraron velocidad. Lo envolvieron todo. Llenaron los talleres, la catedral entera. La discordia creció.
Colgado de una torre. Colgado de una de las grúas. Así se sentía Mateo.
—No te ama. ¿Cómo amar a un fracasado?
—¿Cómo amar al hijo de Arrio? No te ama.
Contestó la discordia.
La mano del joven daba vueltas. Las del anciano danzaban en el teclado. La música lo envolvía todo. La música y la helada.
Discordia.
Otro de los bloques crujió. Los perros ladraron. La niebla se espesó.
—Cógela —las notas temblaron—, es tuya.
El joven. O el anciano. Los dos a la vez. La maceta de Triboulet.
No pudo evitarlo. Mateo lo imaginó. Lo vio. La catedral se completaba. Su idea resolvía el socavón de la Trinidad. Donde su padre había fracasado.
Diecinueve sombras. Discordia.
El dilema se convertía en virtud. La catedral se hundía en la misma tierra. Ganaba un piso más y, a los pies de las altas torres de la fachada, se abría una nueva capilla enmarcada por escaleras que llevarían a un pórtico glorioso.
Mateo se volvió. Conocía cada arañazo del cepo. Guardaba el pedernal. Sus dibujos. Su pasado.
Estiró la mano herida.
Una gota de sangre cayó a sus pies, entre la niebla, hasta golpear la tierra, cubierta de esquirlas, de cascotes, del polvo del granito.
Lo vio. Y en aquel pórtico el Zebedeo recibía a los peregrinos. Y los peregrinos entraban boquiabiertos, asustados, conmovidos.
Estiró la mano, podía cogerla.
Quería cogerla.
—Se lo dirás...
—... y saldrás de los establos.
Discordia.
La melodía caía. Mateo caía. La niebla se cerraba sobre los talleres. Los perros ladraban.
—Se lo dirás y saldrás de los establos.
Bastaba cogerla.
Discordia.
Podía oírlos a su espalda. Dos voces que eran una.
—Nadie recordará a tu padre. Tu hijo te recordará.
Una promesa. Envuelta en aquella melodía que rayaba la locura. Un pacto.
Entonces la vio.