Suseia (Camino de Santiago 2) VI
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VI

—¡No es mía!

Fue lo que Mateo pudo gritar, negando con prisa, alborotando sus rebeldes cabellos.

—¡¡No es mía!! —repitió.

Tenía las manos en el pecho, las dos manchadas de sangre, pero las separó, para señalar, como los músicos.

Las conocía a la perfección. Algunos de los cinceles los había martillado él mismo en la forja de Sancho. Mateo había dedicado una vida a hablar con los herreros, con los carpinteros que asentaban las cimbras, con los sogueros que armaban las poleas.

Porque Mateo quería ser el mejor. Hacer algo que fuese inmortal. Como aquel maldito demonio que clavaba sus garras en los costados del pobre desgraciado.

Conocía todas sus herramientas.

Y no era suya.

Vieja, sobada, tenía milenios. Otra más de las decenas en los talleres, a menos de veinte pasos de distancia. Al menos una en cada puesto, y distinta a todas ellas.

Cinceles, punteros. Afilados, romos. Planos. Dos martillos. La concha que le había traído Gatón para su niño. Y aquella otra. Pesada. La que sólo usaría un arxina de fuerza extraordinaria. Una que exigiría de aguante para soportar todo un día golpeando los fierros.

—Era su maceta...

—... la que talló esa piedra.