Suseia (Camino de Santiago 2) V
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Mateo se había acostumbrado al peso de la vergüenza. Había cargado con él. Era como haber nacido sin piernas. Mudo. O ciego. Era cuanto había conocido.

Mateo caía. Esperaba el brutal tirón de la soga enredada en su pierna. La misma soga que se había partido, la que le había salvado la vida tras salir de la polea latigueando, como una víbora.

Caía.

Acab señaló. Y el joven Acaz señaló, como un reflejo. Dos manos, dos de las cuatro, se movieron, se alzaron, para abandonar el organistro y señalar, una vez más, a aquel demonio que arrastraba a los infiernos al pobre desgraciado.

—Si pudieras hacerlo...

—... serías maese.

De los labios de Mateo escapó algo, una pisada sobre añicos de barro. Un crujido.

—Sería lo justo —otra vez el anciano.

—Xido vay —otra vez el joven.

Conocían la jerga. Y las costumbres de los canteros.

—Xilón, nexo agiote. Nexo xumar. Nexo esqueirar. —Otra vez dos convertidos en uno.

Era lo que se les decía a los aprendices. Los consejos de un veterano a un zagal que empezase en el oficio. Que no robe, que no beba, que no mienta. Que trabaje, y a cambio aprenderá, siempre que sea honesto. Siempre que acepte la ley de la piedra, y la del gremio.

—Xilón, xido cabancar...

—... xido entileger. Xido vay.

Acorralado. Un gazapo en la madriguera, con el zorro asomando por el borde. Así se sintió Mateo. Aquellos músicos conocían el oficio.

—Terminarás lo que comenzó tu padre...

—... tu hijo lo verá.

Mateo caía. A punto de vomitar. Mareado. Perdido. Caía. Y los dos, el joven y el anciano señalaban a aquel demonio y a aquel pobre desgraciado.

—Triboulet. Él era el mejor —dijo el anciano—, el mejor de todos.

—Lo era —corroboró el joven—, y ése de ahí era su ferruxo.

Las dos manos, como una sola, volvieron a moverse. A señalar.

El cepo con las herramientas, sus dibujos.

Donde estaban sus cinceles, sus martillos.

Un viejo cepo que habían usado los carpinteros, que ya había usado maese Remigio.

Mateo conocía cada veta de la madera ajada.

Un lateral se había vaciado, allí guardaba punteros rotos, el pedernal, una cajita con yesca.

También los cueros aceitados que escondían su pasado. Sus secretos.

Y en el tajadero, donde el hacha había caído tantas veces, las herramientas con las que tallaba las hojas de acanto. Las suyas y algo más. Algo que no había visto antes. Nunca.

Y no quiso creer lo que le contaron sus ojos, uno de cada color.