Suseia (Camino de Santiago 2) IV
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IV

Incapaz de moverse, Mateo sintió que la helada se le colaba dentro.

Los dos se acercaron. Gráciles. Se deslizaban. El organistro no vibró, las cuerdas no se quejaron.

Mateo no tenía adónde retroceder. Tras las hojas de acanto sólo quedaba aquel demonio que arrastraba al pobre desgraciado a los infiernos y, detrás, los bloques, que luchaban contra la helada y el castaño.

Y señalaron. Dos de las cuatro manos. A la vez, como si hubieran echado a volar.

—Seica era o mellor dos arxinas.

Hablaban la jerga. Y no fue la última sorpresa. Acaz, el joven, guardaba otra.

—Era el mejor. Nosotros lo conocimos.

Señalaban, dos de las cuatro manos. Señalaban a aquel demonio. Y las palabras, envueltas en miel, eran las de un labriego cortejando a una lechera, invitaban a levantar las faldas y ofrecer el virgo.

Y Acab, el anciano, lo remachó.

—Triboulet, se llamaba Triboulet.

Al fin, Mateo reaccionó. Apretó la mano herida.

—Llegó de Conques —el joven—. Con una maldición en el bolsillo.

El corazón de Mateo arrancó. Algo del hielo que la noche había colado en sus entrañas se derritió. Y logró hablar, balbucir, tartamudear.

Tenía mil preguntas. Dónde había aprendido. Quién había sido su maestro. Dónde encontrar más piezas con la misma marca que aquel demonio llevaba a la espalda. Tenía mil, más de mil. Pero sólo pudo hacer una, o intentarlo.

—¿Tri... Tribou... Triboulet?

Le habló al anciano. El joven no podía haber nacido cuando aquel demonio cobró vida. Sin embargo, fue el joven Acaz quien contestó.

—Murió quemado —dijo asintiendo.

Y el anciano Acab añadió algo más:

—Ardió como una tea.

Y las dos voces a una:

—Con su maldición en el bolsillo. Como tu padre. Como tú...

Mateo caía. Como el día en el que partió el trinquete. Aquel día. Cuando el Avemaría había llegado con rosquillas de anís para celebrar el nacimiento de su hija. Aquel día la soga se partió. La grúa se rindió. Cayeron las piedras, cayó el madero, y cayó Mateo.

Cayó, desde treinta varas de altura, cayó hasta que la soga se enredó y a punto estuvo de partirle el espinazo. A punto estuvo de matarse. Y jamás olvidaría el miedo, el miedo mientras caía.

Ahora, Mateo caía. Desde treinta varas, trescientas. Tres mil. Caía.

—No dejó que le ayudásemos...

—... a ti podemos ayudarte.

Y luego rieron. Una risa que apuñalaba la helada. El joven y el anciano. Parecían sinceros. Apestaban a mentira.

Y los dos a un tiempo.

—Olvidarás a tu padre. Tu hijo te recordará.