III
No contestaron.
El joven movió la manivela del instrumento.
Y la rueda del organistro giró entre las caprichosas maderas, y las cuerdas tañeron su lamento, grave y profundo, tanto que las arenas del suelo saltaron. Y los dedos del anciano, con una destreza imposible, parpadearon sobre el teclado.
Tocó más rápido de lo que jamás había escuchado Mateo. Tocó tan rápido que sonaban dos melodías, dos que luchaban, una contra la otra. Dos que se hacían una. Enfrentadas y aliadas a la vez. Una batalla eterna que sólo podía acabar en desgracia o en locura.
Tan rápido que era imposible.
Tan rápido que a Mateo le lagrimearon los ojos.
Y acabaron al unísono. Las cuatro manos se detuvieron a la vez. En un acorde extraño que se colgó en la helada. Un acorde que lamentaba ser el fin. Como si las cuatro manos dejasen el trabajo sin terminar. Como si aquellas dos melodías convertidas en una estuvieran a punto de despeñarse.
Algo faltaba en la armonía. Tan acuciante que Mateo se inclinó hacia delante, sobre los dedos de los pies, para escuchar mejor.
Pero las notas, extraviadas, no llegaron.
Aquel último acorde se quedó en el aire con un insoportable regusto a cenizas. A demencia. A discordia.
—Hemos tratado con muchos como tú... —comenzó el anciano.
—... a lo largo de los años —terminó el joven.
Un perro ladró a lo lejos. Uno de los gatos del taller bufó.
Y el joven y el anciano hablaron, las palabras huyendo de uno a otro.
—Hijos que...
—... lavan el...
—... pecado de sus...
—... padres.